domingo, junio 20, 2010

LUTO POR MONSI:

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In memoriam
Se apagó una de las mentes más lúcidas del país

En 2006, en apoyo al movimiento antifraude, Monsiváis advirtió: no abandonemos nuestros votos en la fosa común de la resignación

Foto
Martha Lamas, Consuelo Sáizar, Rubén Sánchez Monsiváis –primo del cronista–, Elena Poniatowska, Elena Cepeda y José Narro Robles montaron la primera guardia en el Museo de la Ciudad de MéxicoFoto Roberto García Ortiz
Mónica Mateos-Vega y Éricka Montaño Garfias
Periódico La Jornada
Domingo 20 de junio de 2010, p. 2

Una de las mentes críticas más certeras y lúcidas de México se apagó ayer poco después del mediodía: Carlos Monsiváis falleció a las 12:47 de la tarde, luego de más de dos meses en terapia intensiva debido a complicaciones por una fibrosis pulmonar.

La noticia del deceso abrió una herida más profunda en el ánimo de lectores, amigos, seguidores y entusiastas de sus ideas que aún lloraban la muerte del Nobel portugués José Saramago, ocurrida el viernes.

Este sábado –en el que se conmemoró el Día del Idioma Español, así como el aniversario 89 de la muerte del poeta Ramón López Velarde– los restos de Monsiváis fueron recibidos por la noche por una multitud en el Museo de la Ciudad de México. Numerosas personas expresaron ahí una misma petición: “¡Monsi, al Zócalo; homenaje popular, no oficial!”

Monsiváis y Sergio Pitol se unieron al movimiento de Andrés Manuel López Obrador contra el fraude electoral de 2006. El 16 de julio de ese año participaron en el mitin multitudinario realizado en el Zócalo, donde el también cronista advirtió: el manipulador pierde la oportunidad de gobernar.

Monsiváis fue aclamado por la multitud cuando atacó directamente al partido en el poder y señaló: “la violencia ha partido de la derecha. Una violencia ideológica de mentiras, calumnias, difamaciones y fraudes hormiga.

No abandonemos nuestros votos en la fosa común de la resignación o la apatía. Voto por voto y casilla por casilla.

Cronista indispensable de los principales hechos políticos y sociales del país, coleccionista de arte popular, periodista, Carlos Monsiváis Aceves nació en la ciudad de México el 4 de mayo de 1938. Su pasión por las letras lo llevó a colaborar desde muy joven en suplementos culturales y medios periodísticos del país.

Lo irrenunciable para mí es ver cine y leer, solía decir, mientras para sus seguidores era importante escucharlo en persona. Su nombre en las presentaciones y en los programas de las ferias de libros garantizaba una asistencia masiva. “¡Ahí va Monsi!”, era casi el grito de guerra en los pasillos, en los museos, en las escaleras. Aquí le pedían un autógrafo, allá una foto, por allá que fuera a algún evento de causa social, más allá que escribiera un prólogo para el libro de algún escritor en ciernes.

Con comentarios irónicos provocaba la risa de sus escuchas, pero sobre todo la reflexión. Ironía nada gratuita y sí consciente del efecto que su discurso, sus chistes, sus frases de doble sentido tenían en el público, en su lector.

No pocas veces el espacio destinado para sus charlas resultó insuficiente. Mejor sentados en el suelo que irse, mejor parados que abandonar la sala. La escena se repitió decenas de veces en distintas ciudades de la República, en diversas conferencias, en distintos escenarios.

Sus últimas presentaciones en público fueron una conferencia de prensa el lunes 8 de marzo, en la que habló de su libro publicado recientemente, Apocalipstick (Debate), y en la inauguración de la muestra México a través de las causas en el Museo del Estanquillo, que él fundó.

Durante su encuentro con la prensa Monsiváis advirtió que “la esperanza está siendo triturada masivamente y reconvertida en frustraciones. La indignación y la esperanza individual no bastan. Se requiere de un proceso organizativo social, el cual hoy se aprecia en muchas partes. Una palabra que revela hoy día lo que pasa en el país es: el empoderamiento crítico. Es armar la esperanza a título individual y en beneficio colectivo”.

Por la noche acudió al Museo del Estanquillo. Ahí expresó que muchas de las causas se han catalogado como perdidas, pero hay que reconocer que de las causas perdidas también se alimenta la resistencia de hoy.

Diez días después acudió al centro cultural Bella Época para la presentación del libro Armando Herrera. El fotógrafo de las estrellas, donde estuvo acompañado por Yolanda Montes, Tongolele.

Ya no pudo acudir a una nueva presentación de Apocalipstick en el Museo de la Ciudad de México, libro dedicado a Omar A. García Cervantes.

A finales de 2009 revisó y actualizó su libro Los mil y un velorios, crónica de la nota roja, que se regaló con motivo del Día Nacional del Libro, informó Random House Mondadori, una de sus casas editoras.

Monsiváis estudió en las facultades de Economía y de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Una inagotable y vigorosa curiosidad intelectual le permitió no sólo ser testigo de los principales hechos culturales y políticos de la segunda mitad del siglo XX, sino opinar con singular acidez y humor.

Nunca se negó a participar en revistas, mesas redondas, programas de radio y televisión, periódicos, coloquios, museos, películas, antologías, prólogos, con su palabra mordaz.

El escritor Adolfo Castañón, en su ensayo Un hombre llamado ciudad, lo consideró el último escritor público en México, resaltando que no sólo cualquier mexicano lo ha escuchado o leído, sino que muchas personas eran capaces de reconocerlo en la calle.

Entre sus más de 50 libros publicados destacan Días de guardar (1971), Amor perdido (1977), Nuevo catecismo para indios remisos (1982), Escenas de pudor y liviandad (1988), Los rituales del caos (1995), Salvador Novo. Lo marginal en el centro (2000) y Aires de familia: cultura y sociedad en América Latina (2000).

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Monsiváis lo mismo fue puntual cronista del movimiento estudiantil de 1968 que del acontecer en torno a ídolos populares como El Santo o Cantinflas, o del desarrollo del movimiento feminista nacional. Siempre manifestó su rechazo a toda posición intolerante y retrógrada. Fue incansable promotor de los derechos de las minorías sociales, la educación pública y la lectura.

Una de sus pasiones fue el cine nacional, acerca del que escribió varios ensayos, algunos incluidos en el libro Rostros del cine mexicano. Dirigió por más de 10 años el programa El cine y la crítica en Radio UNAM.

Fue secretario de redacción en las revistas Medio Siglo (1956 a 1958) y Estaciones (1957 a 1959). Dirigió el suplemento La cultura en México de la revista Siempre! (entre 1972 y 1987) y coordinó la edición de la colección de discos Voz Viva de México de la UNAM.

Autor de la columna Por mi madre, bohemios (que lleva décadas editándose en diversas publicaciones del país), en la cual compiló declaraciones de políticos, empresarios, representantes de la Iglesia y otros personajes de la vida pública, mofándose de su ignorancia o su visión limitada del mundo, exhibiendo la demagogia de las clases gobernantes.

Recibió los premios Nacional de Periodismo, Mazatlán, Xavier Villaurrutia, Lya Kostakowsky, Anagrama de Ensayo y el FIL de Guadalajara (antes Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo).

Fue becario del Centro Mexicano de Escritores y del Centro de Estudios Internacionales de Harvard. En agosto de 1992 recibió una beca del Fideicomiso para la Cultura, organización creada un año antes por la Fundación Rockefeller en colaboración con instituciones mexicanas.

Impartió cursos en la Universidad de Essex y en el King’s College, ambos en Gran Bretaña, y fue profesor invitado en la Universidad de Harvard.

También recibió los doctorados honoris causa de las universidades estatales de Sinaloa, Puebla, Hidalgo, Veracruz, Nuevo León, San Luis Potosí y Arizona, así como de la Autónoma Metropolitana y Nacional Autónoma de México. También, de la Nacional Mayor de San Marcos, Perú. De la Universidad Autónoma de la Ciudad de México recibió un Honoris Causas Perdidas.

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Monsi, ciudadano comprometido

En los malos tiempos que se abaten sobre el país, la muerte de Carlos Monsiváis, El Monsi –como le decían afectuosamente sus amigos, sus conocidos y sus incontables lectores desconocidos– resulta doblemente desoladora. Cualquiera en el que México hubiera tenido que despedirlo habría sido un mal momento, pero el actual es el peor imaginable para perder a una de sus inteligencias más éticas, generosas y comprometidas con las gestas sociales, a su principal cronista, a un intelectual particularmente lúcido y agudo, al crítico más implacable de los desfiguros del poder.

A lo largo de su vida, Monsiváis registró, con humor, rigor y una suerte de erudición de los terrenos inexplorados de la sociedad, las formas de relación y las prácticas de identidad de la población urbana de la segunda mitad del siglo XX y, sin hacer con ello un retrato complaciente, las presentó como maneras de resistencia o, cuando menos, de compensación frente a la desigualdad, la corrupción y el abuso.

Al mismo tiempo, Monsi dedicó su pluma a la crítica de la cerrazón política oficial; la tragicómica ineptitud de los funcionarios; la prepotencia y los atropellos de un sistema político sin contrapesos formales; la insultante frivolidad de los grupos que se han ido transfiriendo el control de las instituciones, con o sin el aval de la voluntad popular; la connivencia entre los anteriores y los poderes fácticos del dinero y del músculo mediático; el clericalismo rústico y, en años recientes, la inocultable conformación de una clase política-empresarial que es a la vez mandante y mandataria, y responsable principalísima del desastre nacional que hoy padecemos.

Más allá de la innovación formal, de la conversión de usos coloquiales en gran literatura, de la observación aguda en la que se hermanan la mirada del barrio con la tradición conceptista, el sentido central de la vida y de la obra de Monsiváis reside en la subversión verbal y textual frente al poder del gobierno, de la televisión, de las trasnacionales, de la jerarquía eclesiástica, de las corporaciones priístas, de la publicidad, de la venalidad, de la arrogancia, de la ambición, de la miopía y de la insensatez.

No cabe llamarse a engaño: con motivo del proceso electoral de 2006, Monsiváis señaló que un poder entronizado por el dinero a raudales habría de terminar sometido a los designios del mandato económico y advirtió sobre los riesgos de la violencia ideológica de la derecha. Vistos en retrospectiva, esos señalamientos adquieren la condición de una denuncia profética.

El sentido de orfandad es, pues, doblemente arduo en el momento actual, cuando la inteligencia constituye un déficit generalizado; cuando se confunde Estado con Ejército, política con encuestas de popularidad, y opinión pública con opinocracia; cuando el sentido de país está ausente de las decisiones que aún pueden ser adoptadas en las cúpulas políticas y económicas; cuando el cinismo y el pragmatismo extremos dejan de ser motivos de vergüenza y se convierten en actos de lucimiento; cuando el designio arbitrario, la violencia armada y la ley del más fuerte parecen ser los únicos sucedáneos de convivencia civilizada y de régimen republicano.

Signo de los tiempos: los factores de poder denunciados y desnudados por Monsiváis elogian, en estas horas amargas, a un personaje descafeinado, desprovisto de ideología, tolerante para con todo: casi a un intelectual de Estado, situado por encima de diferencias y fracturas sociales. Es obligado recordar, en tal circunstancia, que el escritor desaparecido fue siempre un ciudadano comprometido con las causas políticas, culturales y sociales de los marginados, de los discriminados, de los invisibles, de los de abajo, de los sin voz. Los homenajes póstumos de los poderosos parecen, pues, un ejercicio de hipocresía, que es como se denomina al tributo que el vicio rinde a la virtud.

Para la sociedad de abajo y para los ciudadanos de buena fe que aspiran a un país legal, justo, soberano, democrático e inteligente, el fallecimiento de Carlos Monsiváis es una noticia demoledora. Valga como pésame colectivo y compartido el compromiso de seguir encontrando, en su obra, razones para mantener vigentes esas aspiraciones.

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In memoriam

Intelectuales destacan la memoria y erudición del cronista y su apoyo a los desposeídos

Se comprometió con las causas populares
Foto
Carlos Monsiváis, José Luis Cuevas, Fernando Benítez y Carlos Fuentes. Imagen de 1965 titulada La mafia en La ÓperaFoto Héctor García
Ángel Vargas, Éricka Montaño y Fernando Camacho
Periódico La Jornada
Domingo 20 de junio de 2010, p. 4

Con la muerte de Carlos Monsiváis México se queda sin uno de sus más grandes referentes intelectuales. Será difícil cubrir esta especie de orfandad en los años por venir. Pocos como él conjugaban en una sola persona la capacidad de la memoria prodigiosa, la erudición en casi cualquier tema y el compromiso con los sectores más desfavorecidos de la sociedad.

De esa manera, con un estupor que a algunos apenas dejó hablar, pero también con cariño, nostalgia y admiración, lo recordaron amigos, colegas y cómplices. Aquí, algunas de las opiniones recabadas por La Jornada:

Elena Poniatowska, escritora y periodista: Creo que Carlos fue una de las mayores cabezas pensantes que tuve el privilegio de conocer. Se las sabía todas en todos los campos: política, poesía, el que sea. Era un extraordinario conocedor del arte, y ahí está su museo para demostrarlo. Tenía el ojo absolutamente claro para eso. Nuestra relación se inició en 1957 o 1958, cuando él era muy joven. Recuerdo que nos conocimos al mismo tiempo José Emilio Pacheco, Carlos y yo, y trabajamos juntos en un suplemento cultural. Él era un referente para todo, estaba en todo y se preocupó muchísimo por apoyar a las mujeres. Conocí a su madre, María Esther, una mujer extraordinaria. Con su muerte, el panorama en México queda absolutamente desolado. Los fallecimientos de José Saramago y Carlos Monsiváis son dos golpes terribles para la izquierda en México y el mundo.

José María Pérez Gay, escritor y académico: Carlos es una de las inteligencias más poderosas que he conocido, con una memoria impresionante. Durante 30 años nos hablamos todos los días por teléfono. En tono de broma incluso le decía que yo era el líder de su sindicato de telefonistas. En estos momentos no hay quien lo supla; si acaso, José Emilio Pacheco.

Hugo Gutiérrez Vega, poeta y periodista: En mi caso personal esta es una situación muy dolorosa, porque Carlos fue mi hermano. Compartimos muchos momentos de la vida, especialmente en Londres, porque él vivió en nuestra casa. En el plano cultural, muere uno de los hombres más inteligentes y brillantes de México, uno de los más originales y honestos. En muchos aspectos, la conciencia moral del país recibía el apoyo de su inteligencia. Siempre estaba preocupado por la situación de las clases populares. Siempre defendió las mejores causas de la justicia y la democracia. Muere uno de los mejores conocedores de la poesía mexicana y universal de todos los tiempos, un gran ensayista y crítico literario, un gran impulsor de los estudios culturales en México y un enorme conocedor de la cultura popular. Es una pérdida irreparable, y su muerte me llena de tristeza.

Carlos Fuentes, escritor: Estamos muy tristes. Es una enorme pérdida de amigo, de escritor. Monsiváis en primer lugar era un gran amigo, y la pérdida de un amigo siempre es motivo de gran dolor. Fuimos amigos durante 50 años. Lo conocí cuando estaba en la preparatoria. Lo más importante para mí es haber tenido un amigo de la calidad de Monsiváis. Fue un gran renovador de la crítica en México. Hay una crítica de la cultura –de la literatura en particular, de la cultura en general– antes y después de Monsiváis. Entrega a la crítica un espíritu lúcido, implacable, y con humor –que había poco humor en nuestra crítica–, con una visión de lo que es el mundo contemporáneo, con una conciencia crítica muy aguda, con un espléndido uso del lenguaje, de la metáfora, de la capacidad para inventar nombres, para nominar de maneras muy originales, y ésta es otra parte muy importante de él. Pero él era un espíritu. Tenía un espíritu libre, no estaba encadenado, no estaba encasillado, se movía con una enorme libertad espiritual, que esto se tiene o no se tiene. Monsiváis tenía esa facultad de moverse con libertad de tener un espíritu verdaderamente independiente. Es una pérdida gigantesca, para el país y, claro, para sus amigos.

Francisco Toledo, pintor: Monsiváis nos va a hacer mucha falta. Habíamos hablado de hacer un Pinocho juntos, pero no muy cercano a la historia original, sino buscando un personaje desaliñado, sin arreglo, porque en la historia, si se porta bien, se convierte en humano. Pero la idea no era contar esa historia. Por ahí quedarán unas imágenes en la galería Juan Martín de Pinocho malcriado, que se queda así porque nunca se porta bien. No lo pudimos concretar por los malestares de Monsiváis.

Javier Aranda Luna, periodista: Ya es un lugar común decirlo, y él estaba en contra de eso, pero bueno: nos deja un gran hueco, porque sus curiosidades eran tantas, tanto en materia de arte como de cultura popular y reflexión sobre la sociedad, que es insustituible. Siempre fue un intelectual que pensaba en voz alta, y lo hizo en periódicos y en programas de radio y televisión. También perdemos a un gran escritor, que nos enseñó que con la vida menuda, con los sucesos de todos los días, se puede hacer gran literatura. Los personajes de sus crónicas eran de carne y hueso. Sus historias eran verdaderas. La crónica es el cuento de la verdad, y con ese género él hizo gran literatura. De la misma forma que a Kapuscinski, nuestros nietos leerán a Monsiváis con mucho gusto, pese a que los referentes de sus textos tal vez ya no existan, pero pueden sostenerse con la pura prosa. En este momento todos van a venir a condolerse y a resaltar que Carlos fue un autor e intelectual siempre al margen, porque le importaban los desposeídos y la gente sin voz. Como Víctor Hugo, era un hombre comprometido con las causas perdidas. Un escritor marginal, porque él se quiso mantener al margen del presupuesto. Él es el gran intelectual fuera de la Academia Mexicana de la Lengua. El que modificó las estructuras de la literatura, y no está en El Colegio Nacional. Tomando su ejemplo como referencia, es una pena la inercia nefasta de muchas instituciones culturales mexicanas. Hay que resaltar la forma en que Carlos retomó las banderas de la lucha por las minorías y en defensa del Estado laico.

Rafael Barajas, El Fisgón, caricaturista: Lo único que te puedo decir es que es el intelectual más importante del país en los últimos años. Era una voz crítica, una persona con una inteligencia absolutamente fuera de lo común. Creo que nos vamos a tardar mucho en reponernos de esta pérdida tan importante. Él tuvo una vida extraordinaria, y si hacemos cuentas de lo que nos dejó en cuanto a textos, ideas y propuestas, es un hombre que vivió 320 años, porque incursionó en todas las áreas y aspectos de la vida intelectual en México, y prácticamente en todos dejó cosas importantes. Era realmente un superdotado, un hombre con un compromiso a toda prueba, uno de los grandes valores que hemos tenido. En términos clínicos, él sí era un genio. Tenía una cabeza que le daba para todo, y una curiosidad intelectual que no le he conocido a nadie más. No creo que nos encontremos a nadie más con esas aptitudes.

Emmanuel Carballo, historiador y escritor: Tuve la suerte de ser su primer editor. Publiqué sus primeros libros, su autobiografía. En los años 70 fuimos muy amigos, aunque últimamente no tanto, pero es una de las personas más lúcidas y que mejor sabían manejar el humor en el ensayo mexicano, con una personalidad subyugante. Si alguna influencia tuvo la literatura mexicana, esa fue la de Monsiváis. Recuerdo algo de lo que se ha hablado muy poco: en Radio Universidad tenía un programa los domingos, El mundo de los niños, y era realmente notable. No he oído en México ni fuera del país un programa de radio tan bien hecho, donde hablaba sobre cine, sobre política, con un humor corrosivo y alegre. En su generación, creo que es quien tenía más ideas propias. Analizó la manera de comportarse del mexicano en política, arte, sexo. Muy pocos lo igualaron y nadie lo superó. En pocas palabras, es el hombre más completo de su generación, salvo en el cuento y la poesía, pero en el ensayo, el artículo, la entrevista y las conferencias era notable. Podía pasar de lo gracioso a lo terrible, de lo sencillo a lo complicado. No hay ninguna persona así en su generación, ni después de ella. Una persona de peso completo.

Eduardo del Río, Rius, caricaturista: El país perdió a un gran mexicano, una persona que realmente estaba preocupada y luchando por esta nación y lo hacía con las armas que tenía: el humor, el periodismo y la literatura. México no va a ser el mismo sin Monsiváis. Hemos perdido no sólo un amigo en lo personal, sino una persona que era casi un hombre del Renacimiento, enciclopédico en el mejor de los sentidos. Tuve la suerte de tenerlo bajo mis órdenes cuando yo hacía un suplemento de humor en la revista Sucesos, que se llamaba El mitote ilustrado. Me atreví a pedirle colaborara en este suplemento y sí, estuvo varios meses bajo mis órdenes, hasta que por exceso de pago tuvimos que dejar de trabajar ahí. Lo recuerdo siempre muy bromista, y no porque echara relajo, sino porque tenía un humor muy especial. Una de las cosas que más risa me daban era que se presentaba como otra persona al contestar el teléfono, hasta que se daba cuenta de quién lo llamaba y ya dejaba de fingir. Yo le estoy muy agradecido porque en el Museo del Estanquillo organizó la gran exposición de la historieta, y nos juntó al maestro Gabriel Vargas y a mí, y eso se lo tengo que agradecer toda la vida.

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Con Gabriel García Márquez, en septiembre de 1984 en las instalaciones de La JornadaFoto Luis Humberto González

Carlos Bonfil, escritor y crítico de cine: Carlos para mí fue un amigo y un interlocutor irremplazable, que deja un enorme vacío. Sé que él mismo detestaría toda esta sarta de lugares comunes que suscitará su partida, pero una cosa es cierta: será difícil que alguien pueda remplazar su intransigencia moral y su fuerza intelectual. Carlos, para mí y para mucha gente, sobre todo de mi generación, fue el último de los directores de conciencia que hemos tenido.

Cristina Pacheco, escritora y periodista: Me niego a decirle adiós. En este momento recuerdo nuestras caminatas por Insurgentes, nuestras conversaciones, hechos que lo convirtieron en una persona muy especial en mi vida. Tuvo una visión panorámica de la realidad. Supo descubrir los rincones más oscuros de ella y nunca perdió su capacidad crítica.

Adolfo Castañón, poeta y ensayista: El país pierde una buena medida de su conciencia crítica, de su memoria y de su sentido común. Monsiváis era una persona cuyo discurso, por una parte, toca lo marginal, y al mismo tiempo lo que está en el centro, y esa capacidad es una de las grandes aportaciones de su figura al mismo tiempo crítica, memoriosa y apasionadamente comprometida con la entidad llamada México. Con sus letras, su cultura popular, y su historia. Monsiváis es como Fernando Pessoa visto por Octavio Paz: una generación, más que un solo individuo, un promotor de luchas civiles, un crítico literario y, sobre todo, un ciudadano cabal, en el sentido más amplio de la palabra.

Ricardo Yáñez, poeta y periodista: Le tengo muchísimo cariño. En estos momento es terrible que muera Monsiváis porque es una inteligencia tan lúcida que nos va a hacer muchísima falta. Él me ayudó mucho. Soy periodista y poeta por él. Cuando Monsi me hizo saber su gusto por mi trabajo, supe que lo tenía que hacer en serio. Siempre me dio mi lugar, y aunque hizo algunas bromas muy buenas a mis costillas, a mí me divirtió.

María García, fotógrafa: Para mí y para mi esposo Héctor es terrible porque Carlos era nuestro amigo. Fui su fotógrafa personal. Vivía muy cerca de la casa y luego me pedía que lo invitara a desayunar. Tuvimos una amistad muy bonita y muy interesante.

José Agustín, escritor: Carlos destacó en la literatura como un ensayista muy penetrante; leía muchísimo. Es inconcebible cómo José Emilio Pacheco y él podían leer tanto y tener además la voluntad de comentar lo que estaban leyendo. Convirtió la crónica en un género literario importante cuando antes de él no era considerado siquiera tal.

Carlos tenía mucha razón. Valía la pena todo lo que decía. Cierto, en momentos tenía sus posiciones más acomodaticias, tenía sus contactos en el poder; en cierta forma, él era una manifestación del poder, el poder de los intelectuales, y eso lo tenía en una cercanía con el poder en general. Pero su inteligencia era tan inmensa que se daba cuenta de ello y siempre mantuvo una posición crítica. Es un hecho que nadie lo recordará como un gobiernista de la chingada, como a un cuate que elogiaba al gobierno.

Horacio Franco, flautista y activista gay: Monsiváis fue uno de los puntos claves de la liberación del mexicano, como una fuerza muy grande en contra de la doble moral, de lo que le tocó vivir de joven. Lo más relevante fue la manera continua en que manifestó su inconformidad contra la desigualdad social y cultural en este país. Carlos, de manera sumamente inteligente, siempre sacó todos los trapos al sol que caracterizan a la clase política mexicana. Y, en ese sentido, su columna Por mi madre, bohemios, como gran parte de sus escritos y artículos, fueron una gran lucha por enarbolar el bastión de la inteligencia contra esa estupidez. Por eso merece un lugar preponderante en la cultura mexicana y veneración especial. Siempre lo consideré la gente más inteligente que conocí en mi vida.

Raquel Tibol, periodista y crítica de arte: Tuvo a lo largo de su existencia una posición de una izquierda que me atrevo a calificar de individualista; quizás en algún momento perteneció a algún partido o agrupación. Pero su conducta frente a la cultura, los acontecimientos sociales, las perversiones del sistema mexicano fue la de siempre actuar con su propia voz, su propio carácter y con una apertura bastante diferente a la de otros intelectuales de izquierda. Tanto así, que trató a gente de la alta burguesía, a políticos de primer nivel y de diferentes partidos.

Conocí a Monsiváis cuando en la calle República de El Salvador se comenzaba a instalar el Movimiento de Liberación Nacional, presidido por el general Lázaro Cárdenas. Lo recuerdo pronunciando junto con José Emilio Pacheco una conferencia al alimón en contra del muralismo mexicano. En aquel momento pedí permiso a la dirección del movimiento y di una plática en respuesta a la de ellos, que por allí la he publicado. De eso ha pasado medio siglo.

Cuando Monsiváis dirigió en la revista Siempre! el suplemento La cultura en México, me invitó a colaborar y aproveché la oportunidad para publicar colaboraciones muy largas a las que él le dio espacio destacado, lo que para mí en ese momento significó una aceptación fraterna hacia mis posiciones, que no eran exactamente las suyas.

Justamente por esta actitud individual y a la vez muy activa en la vida pública, puedo decir que es un personaje insustituible. En algunas oportunidades que coincidimos en viajes, en distintas ciudades de la República, acudía la juventud a vitorearlo como a un divo y él recibía estos halagos con simpatía y simpleza.

En lo que no pude coincidir con él fue en todos los aspectos de su vocación como coleccionista. Propiciaba un arte popular tanto en escultura de pequeño formato como en instalaciones; pero estoy convencida de que el arte popular es tal cuando no lo propician los intelectuales.

Carlos deja una enorme colección en el Museo del Estanquillo y habrá que hacer una evaluación muy seria tanto por el gobierno de la ciudad de México como por la fundación Carlos Slim Helú, que tanto ayudó a Monsiváis para desarrollar esta vocación, para saber cuál será el futuro de estos bienes.

Alejandro Brito, periodista: Escuché o leí alguna vez que Monsiváis no era una persona, sino una atmósfera, y creo que es una expresión muy atinada, porque Carlos estuvo presente en muchos ámbitos culturales y sociales. Sin equivocarme, es el intelectual que más influencia tuvo en la vida cultural y social del país, sobre todo si pensamos en las causas sociales. El nombre de la última exposición que él organizó personalmente en el Museo del Estanquillo, México a través de las causas, es muy apropiado para recordar a Carlos, porque a él podemos recordarlo a través de las causas. Él decía que no podía decir que no, por cuestiones éticas y de compromiso, cuando llegaban a pedirle apoyo, desde causas campesinas, obreras, de los maestros, hasta las de defensa de animales.

Por la estancia de Portales –donde estaba su casa– pasaron feministas, estudiantes del CEU, ecologistas, activistas gay y lésbicas, de lucha contra el sida; pasaron infinidad de luchadores sociales, a pedir el apoyo, el consejo, la guía y la solidaridad de Carlos. Recuerdo que en su estancia se discutieron muchos movimientos, y él, muy generoso y solidario, se comprometía a fondo.

Recuerdo una anécdota ocurrida en una reunión con activistas gay y lesbianas en Monterrey, en la que le explicaron a Carlos que hacían talleres para empoderar a los activistas, y él propuso hacer talleres de encabronamiento, porque lo que se necesitaba era eso. Carlos nunca perdió esa capacidad de indignarse.

Agencia de información NotieSe: Monsiváis impulsó la consolidación democrática a través de la crítica mordaz y certera en contra de la intolerancia. Fue un incansable militante de la izquierda mexicana y promotor del respeto a la diversidad sexual y los derechos sexuales y reproductivos, así como destacado integrante de nuestro consejo editorial.

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Monsi, por que te Vais?
Hernández

In memoriam

Expresan sectores progresistas del país gran pesar por el deceso

Ideólogo de la izquierda y férreo defensor de los derechos humanos: feministas
Mariana Norandi
Periódico La Jornada
Domingo 20 de junio de 2010, p. 12

Representantes del movimiento feminista de México y organizaciones de mujeres lamentaron el fallecimiento del escritor Carlos Monsiváis y aseguraron que su muerte representa la pérdida de uno de los defensores más férreos de los derechos de este sector poblacional.

Perdemos a un hombre fundamental para el movimiento porque con su presencia y con su opinión tan escuchada se adhirió a la causa de las mujeres, y eso ayudó a legitimar el movimiento feminista como en ningún otro lugar de América Latina, afirmó la experta Teresita de Barbieri, del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Carlos Monsiváis fue un hombre inteligente y me uno a la pena de las feministas y de todos los sectores progresistas de este país que teníamos en él una referencia obligada, agregó.

La presidenta de la Federación Mexicana de Universitarias (Femu), Patricia Galeana, sostuvo que no sólo murió uno de los grandes pilares de la cultura nacional y un hombre comprometido con las mejores causas, sino que se nos va uno de nuestros más solidarios defensores de los derechos de las mujeres, de la comunidad homosexual, de la libertad y de la laicidad del Estado.

Por su parte, Daphne Cuevas, directora del Consorcio Para el Diálogo Parlamentario y la Equidad, agregó que Carlos Monsiváis ha sido una de las mentes más claras de nuestros tiempos y defensor de los derechos de la ciudadanía y de las mujeres, desde la diversidad y lo incluyente.

Ha sido compañero en esta lucha por la defensa y el reconocimiento de los derechos de la ciudadanía plena de las mujeres, una voz crítica en la cual había siempre un argumento sólido y consistente en esta lucha.

Luz Estela Castro Rodríguez, coordinadora del Centro de Derechos Humanos de las Mujeres en Chihuahua, sostuvo que en un momento en donde existe tanto dolor por la impunidad que se vive en el país, se pierde una voz esperanzadora, un ideólogo de izquierda que al igual que los recientemente fallecidos, Carlos Montemayor y José Saramago, fueron aliados de los derechos humanos y sobre todo de los de las mujeres.

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In memoriam
Con Monsiváis, el joven (fragmento)*
Sergio Pitol
A su modo, Carlos Monsiváis es un polígrafo en perpetua expansión, un sindicato de escritores, una legión de heterónimos que por excentricidad firman con el mismo nombre. Si a usted le surge una duda sobre un texto bíblico no tiene más que llamarlo; se la aclarará de inmediato; lo mismo que si necesita un dato sobre alguna película filmada en 1924, 1935 o el año que se le antoje; quiere saber el nombre del regente de la ciudad de México o el del gobernador de Sonora en 1954, o las circunstancias en que Diego Rivera pintó un mural en San Francisco en 1931, y que José Clemente Orozco calificó de nalgatorio, o la posible transformación de la obra de Tamayo durante su breve periodo parisiense, o la fidelidad de un verso que le esté bailando en la memoria: de Quevedo, de Góngora, de Sor Juana, de Darío, de López Velarde, de Gorostiza, de Pellicer, de Vallejo, de Neruda, de Machado, de Paz, de Villaurrutia, de Novo, de Sabines, de cualquier gran poeta de nuestra lengua, y la respuesta surgirá de inmediato: no sólo el verso sino la estrofa en la que está engarzado. Es Mr. Memory. Es, también, un incomparable historiador de las mentalidades, un ensayista inmensamente receptivo y agudo; léanse si no las páginas que ha escrito sobre Onetti, Novo, Beckford, Hammett; un crítico de cine notable, un estudioso de la pintura mexicana que ha producido páginas excelentes sobre Diego, Tamayo, Gerszo, María Izquierdo y Toledo, un lúcido ensayista político. Es el cronista de todas nuestras desventuras y prodigios, más de las primeras, puesto que el México que nos ha tocado vivir ha sido fértil en desventuras y, en cambio, los prodigios aparecen de manera excepcional como suelen hacerlo los milagros; es el documentador de la fecundísima gama de nuestra imbecilidad nacional. Sus columnas atrapan semanalmente las declaraciones de los grandes de nuestro minúsculo universo; hablan en ellas los financieros, los obispos, los senadores, diputados y gobernadores, el Presidente de la República, los comunicadores, las cultas damas. El resultado es demoledor. A su lado, los hallazgos de Bouvard y Pécuchet parecerían apotegmas de Platón o Aristóteles. A esos atributos se suman otros más: bibliófilo, coleccionista de mil cosas heterogéneas, gatófilo, sinólogo si nos descuidamos. Todo esto es Carlos Monsiváis. Y además, ya lo habrán descubierto los lectores, mi más entrañable amigo.
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En imagen de 2006, Carlos Monsiváis y Sergio Pitol, participantes en la segunda asamblea informativa del entonces candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, de la coalición Por el Bien de TodosFoto María Luisa Severiano

Xalapa, enero de 1996

*El maestro Sergio Pitol envió a La Jornada este texto, que forma parte de su libro El arte de la fuga, a manera de despedida de su gran amigo Carlos Monsiváis

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Monsi
Carlos Payán
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En la trinchera Monsi, siempre en la trinchera, del lado correcto de la guerra y de la vida, siempre escribiendo sin traicionarse él mismo y sin traicionar a los demás. En la trinchera Monsi,

disparando dardos de ingenio, dardos de humor, llenos de inteligencia, envenenados contra todo dislate político y luegos sí, entró de frente a batirse con la huesuda, la Catrina de Posada que él tanto quería y que le amagó una vez, hiriéndolo apenas para acompañarlo durante una temporada y después dejarlo ir, solo para volver a embestirlo, esta vez definitivamente. Quién como él para morir disparando desde la trinchera, la de este lado, la nuestra; quién como él, escritor aguerrido, pensador juguetón y burletero, el mejor entre nosotros, el más certero, compañero del alma, compañero.

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El gran crítico del poder
Luis Hernández Navarro
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El escritor entrevistó al subcomandante Marcos el 20 de diciembre de 2000 en el Aguascalientes de La Realidad. En la charla los acompañaron el comandante Tacho y el mayor isés (de pie)Foto Heriberto Rodríguez/archivo La Jornada



Si las llamadas telefónicas entre teléfonos fijos se cobraran por el tiempo aire de uso, Carlos Monsiváis habría tenido que pagar a Carlos Slim recibos millonarios. Y es que, desde muy temprano, el escritor de la colonia Portales pasaba horas hablando por teléfono todos los días. Dominado por un insaciable apetito informativo, alimentaba diariamente su adicción pegado al auricular. Desde allí recorría cada uno de los hilos de la telaraña comunicacional que tejió durante años con amigos, informantes y registros.

Monsiváis fue uno de los hombres mejor informados del país. Lector voraz, era asiduo visitante a distintos cafés, cuando éstos parecían ser lugar en extinción, mucho antes de que vivieran su último boom a partir de la proliferación de los Starbucks. Desaparecido el café de Las Américas frecuentó la casa de té Auseba, y cuando ésta se convirtió en estética unisex mudó sus tertulias a El Péndulo. Sin embargo, no despreciaba para sus reuniones los Sanborns o las incursiones nocturnas a Los Guajolotes. Allí se reunía con sus comensales en maratónicas jornadas en las que se intercambiaban chismes, se hacían análisis de coyuntura y se expresaban lamentaciones por el estado siempre deplorable de la salud de la nación. Por supuesto, era el cronista quien narraba siempre las historias más precisas, inverosímiles y sorprendentes sobre personajes de la política y la cultura nacional.

Mordaz, dueño de un demoledor humor ácido, incansable narrador de anécdotas, el escritor era invitado permanente a cocteles y cenas. En ellas se convertía en un irresistible imán que atraía a su lado a la concurrencia, que inevitablemente estallaba en carcajadas ante sus demoledores comentarios o sus indiscretas revelaciones. Dotado de una memoria privilegiada, parecía conocer las estrofas de todas las canciones y poemas, los versículos de la Biblia y las secuencias de toda la filmografía nacional.

Excéntrico en sus hábitos alimentario, era común que en las comidas que se le ofrecían no probara alimentos o que degustara sólo los platos más humildes y sencillos de la dieta T (tacos, tostadas, tlacoyos, totopos). Despreocupado por su vestimenta, ajeno a la dictadura de la moda y los formalismos de la etiqueta, enemigo de la corbata, se dio el lujo de vestir como se le dio la gana.

Sin embargo, su popularidad desbordaba por mucho los salones de artistas, ricos y famosos. En la calle, la multitud lo reconocía y le deparaba trato de celebridad: lo tocaba y le pedía autógrafos y fotos, como si fuera un deportista o una estrella televisiva, y no precisamente por haber participado como actor en nueve películas y en la telenovela Nada personal.

Carlos Monsiváis fue, indiscutiblemente, el más importante e influyente intelectual público de izquierda del país. Su primer impulso radical le vino de su fe sentimental en la República Española y su primera filiación ideológica estuvo concentrada en la Reforma liberal y en Benito Juárez. Para él, la izquierda debía oponerse a la desigualdad, el mayor problema del país; denunciar sin tregua la corrupción, sacar conclusiones del fracaso del socialismo real, ser antirracista a fondo y defender los intereses nacionales sin ser nacionalista. Apoyó los movimientos ecológicos, la lucha contra el sida, los derechos de los animales, los humanos, los de las minorías, la no privatización del petróleo.

Influenciado por Upton Sinclair, utilizó el periodismo y la crónica como su principal vehículo de expresión. Sin embargo, reconstruyó el género fundiéndolo con el ensayo. Como él señaló: “La crónica puede ser un género de la solidaridad –a veces de la impotencia– que le permite a los lectores enterarse de lo que está pasando sin caer en la desesperanza”. Simultáneamente marcó personalmente el discurso de clérigos, empresarios y políticos, y evidenció, sin concesión alguna, sus lapsus, extravagancias y dislates. Maestro en el arte de dar entrevistas, sus opiniones sobre los más distintos tópicos fueron referencia constante en el debate político y cultural del país. Su influencia y estilo de crítica fueron tan profundos, que monsivasiano se convirtió en adjetivo que describe juicios y opiniones ocurrentes, atinadas y llenas de ironía.

Conciencia ética de una época en la que moral y política están más divorciadas que nunca, el escritor se asumió como ciudadano indignado ante el atropello de la razón, los derechos humanos y la laicicidad. Desde una postura ética fue crítico radical del poder.

Construyó puentes inéditos entre cultura y política. Su trabajo intelectual puso (como dijo él sobre Salvador Novo) lo marginal en el centro y, en una era de anomia social, hizo la crónica de la sociedad que se organiza. Explicó el levantamiento zapatista desde las claves de la discriminación racial contra los pueblos indios y la falta de reconocimiento a sus derechos como minoría étnica. Defendió la causa de las mujeres sin ambigüedad alguna. Denunció y documentó los abusos en contra del mundo evangélico y protestante cometidos en el país. Reivindicó la laicicidad y la educación pública. Se sumó a las luchas contra el autoritarismo estatal, en favor de la democracia y contra los fraudes electorales. Alejado del panfleto, criticó el neoliberalismo. Apoyó a Andrés Manuel López Obrador, pero no dudó en señalar sus objeciones al plantón en Reforma de 2006. Simultáneamente fue opositor sistemático al régimen cubano. Nunca comulgó con el estalinismo. Le pareció inadmisible cualquier forma de violencia política. Condenó al nacionalismo vasco de izquierda.

Interrogado sobre qué le había servido vivir 70 años, Monsiváis respondió: “El líder sindical Fidel Velázquez, al cumplir 80 y tantos años, afirmó: ‘Ya se me pasó la edad de morirme’. No soy tan aventurado, pero sé que ya se me pasó la edad de reflexionar provechosamente sobre siete décadas. Y sí, sí formulo un deseo: que esparzan mis cenizas en el Zócalo para presumir en el más acá o en el más allá de un funeral céntrico.” No sé si su deseo pueda ser atendido, pero al menos su ataúd debería ser llevado al Zócalo para que las miles de personas a las que él en algún momento acompañó le rindan homenaje.

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Rechazan especialistas vínculo causal entre las mascotas y la fibrosis pulmonar

Los gatos, inseparables del escritor, sin relación con el mal que produjo el deceso

En 2008, su amor a estos animales lo llevó a cofundar una asociación civil para protegerlos

Mónica Mateos-Vega
Periódico La Jornada
Domingo 20 de junio de 2010, p. 15

No existe causa-efecto entre la convivencia con gatos y la fibrosis pulmonar que durante los últimos meses padeció el escritor Carlos Monsiváis, explica la neumóloga Mayra Mejía.

La especialista de Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias (INER) y miembro de la Sociedad Mexicana de Neumología y Cirugía de Tórax AC, en entrevista con La Jornada, afirma que aunque hasta el momento se desconocen los factores precisos que provocan fibrosis pulmonar, estadísticas realizadas en Estados Unidos indican que la enfermedad está asociada, principalmente, con el envejecimiento.

La afección ocasiona que los pulmones cicatricen y se tornen rígidos, lo cual dificulta cada vez más la respiración. El mal es progresivo y no existe un tratamiento específico. El autor de Días de guardar fue diagnosticado con fibrosis pulmonar idiopática, lo que significa que no se identifica con una causa concreta.

Mejía detalla que también existen teorías que vinculan el padecimiento con un acortamiento de determinados cromosomas, pero, en definitiva, el contacto prolongado con animales –como los gatos– no tiene nada que ver con este tipo de fibrosis, y si a veces se recomienda a los pacientes que no tengan mucha convivencia con sus mascotas es sólo para evitar que las molestias que se presentan, como la tos, se incrementen.

Hasta el último día que estuvo en su casa, antes de ingresar al hospital, Monsiváis defendió el gusto por convivir con sus gatos –casi 20–, sus compañeros inseparables, sobre todo a la hora de escribir.

Los médicos confirmaron que la enfermedad del escritor no tuvo nada que ver con las mascotas. Incluso cuando a veces tenía que pasar algunas horas al día conectado a un tanque de oxígeno, se rodeaba de ellas, principalmente de la fiel e inseparable Miss Oginia, una gata a la que Monsiváis salvó hace ocho años de la eutanasia.

Monsiváis era el integrante principal de la asociación civil Gatos Olvidados, fundada por iniciativa de Claudia Vázquez Lozano, quien encontró en el ensayista un incondicional y solidario apoyo.

La joven, quien se dedica a rescatar y alimentar felinos callejeros que viven por el Metro Tasqueña, narra que a mediados del año 2008 le envió un correo electrónico a Monsiváis para solicitar su apoyo. Apenas lo recibió, comenta Vázquez, el escritor la sorprendió cuando la llamó: no me agradezcas; gracias a ti por ayudar a los gatos, ¿en qué puedo colaborar? Fue entonces cuando comenzó a reunirse con el autor, quien se ofreció para adoptar uno pequeño.

En una charla Claudia le comentó que deseaba crear una asociación, pero apenas contaba con otro amigo. “Monsiváis tomó mi mano y me dijo ‘no se preocupe, ya somos tres’”. Y así fue como constituyeron legalmente el 4 de diciembre de 2009 la asociación civil Gatos Olvidados.

La idea era solicitar al Gobierno del Distrito Federal un predio en donación para ubicar a los poco más de 50 animales sin hogar por los que ve Claudia. Monsiváis tenía ya listo el escrito para entregarlo a Marcelo Ebrard y pedirle, en nombre de Gatos Olvidados, el terreno.

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El escritor, con una de sus mascotasFoto Lola Álvarez Bravo

Durante los primeros días de noviembre de 2008, Monsiváis adoptó un gatito blanco con manchas grises, recogido en Tasqueña por Claudia. Él le había pedido uno pequeño, para que lo obedeciera, pues los otros se burlan de mí, le confesó el escritor.

En cuanto tuvo en sus brazos al pequeño, lo acarició y lo bautizó Catástrofe. Luego lo llevó al pasillo lleno de platitos de plástico de colores y le sirvió comida en uno.

“Don Carlos era muy cariñoso con sus gatos, a todos los llamaba por su nombre, con tal amor, como si fueran más que hijos. Me sorprendió ver en su estudio –en todo ese mundo de libros que lo rodeaba– dos cilindros forrados de alfombra, en un lugar especial: los gatos tenían un espacio importante en medio de la actividad principal de Monsiváis que era escribir.”

Pero Catástrofe resultó muy latoso. En una visita al también periodista, Claudia pudo comprobarlo. El pequeño felino corría de aquí para allá como loco: parece que nunca ha comido; a todos los quita de los platos. Tenga cuidado, es un salvaje, decía el narrador.

Mientras Monsiváis contaba a Vázquez acerca de las travesuras de Catástofe “se le quedó mirando, cerca del ventanal, y casi en un suspiro, y sin distraer la vista del animalito, dijo: ‘¡cómo me hace feliz ese gatito! Es mi alegría’.”

El autor de Apocalipstick, recuerda Claudia, trabajó arduamente como parte de la asociación Gatos Olvidados. “En una ocasión le hablé del caso de una gata a la que le habían sacado los ojos; teníamos que levantar una denuncia. Él me decía ‘dígame a quién tengo que hablarle y qué hay que decir’.

“Sin mayor trámite lo hacía. Llamaba a la Brigada de Vigilancia Animal, grupo de la policía capitalina que se encarga de situaciones de crueldad. Monsiváis hacía la denuncia y siempre estaba pendiente del caso. Compartíamos la angustia por los animales enfermos, pero él era muy optimista; decía ‘no se preocupe, les vamos a conseguir casa’.

“Tres o cuatro meses antes de que ingresara al hospital le manifesté mi preocupación de verlo enfermo. El sonrió y dijo ‘no me voy a morir pronto; además, los gatos están asegurados’. No me decía más”.

Así, con todo y malestares, Carlos Monsiváis se preocupaba primero por atender a sus mascotas. Preguntaba a sus colaboradores si aquella o la otra habían comido. “Metía las manos a las bolsas de croquetas y él mismo les ponía su porción. Desde que lo hospitalizaron –me dijo por teléfono la enfermera que atiende a su tía– los felinos están tristes, esperando a que él llegue y les sirva su alimento. Ese amor era recíproco, ellos le dieron mucha felicidad a Carlos Monsiváis”, concluyó la directora general de Gatos Olvidados.

La asociación prepara una actividad para recaudar fondos. Será un concierto de música medieval con el grupo Ataraxia en el Teatro de la Ciudad, que se realizará en agosto.

Más informes en los correos gattos@gatosolvidados.org y gattos.olvidados@gmail.com.

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In memoriam
El Carlos de María García
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Periódico La Jornada
Domingo 20 de junio de 2010, p. 10

Tengo una vocación sacerdotal que no se ha cumplido por falta de fe, pertenencia a una Iglesia y por falta de reconocimiento de los fieles. Me gustaría en una lápida la leyenda: Al cura desconocido. Sería una bonita manera de reconocer que la falta de fe no impide la capacidad de absolver almas, dijo Carlos Monsiváis en una de sus múltiples ironías a la prensa. Esta seríe de fotos, hasta ahora inéditas, fueron realizadas por María García, quien fue no sólo una amiga cercana sino su fotógrafa personal para sus ocurrencias. Cuenta María que el cronista le hablaba y le pedía ir a su casa a retratrarlo, ya sea disfrazado de fraile (1974), rasurándose con una nueva máquina eléctrica (1968) o en su cuarto posando al lado de sus carteles o colecciones (1968). Arriba, una de las pocas fotos de la madre del escritor (1969).

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In memoriam
Los días de nuestra edad
Carlos Monsiváis
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Carlos Monsiváis bailando con Elena Poniatowska en el salón Margo, en el cumpleaños 50 del escritorFoto Fabrizio León
Los días de nuestra edad son setenta años

Salmo 90: 10

De las fechas que me han marcado guardo la memoria que corresponde, casi siempre legendaria. Debido a limitaciones de Natura, carezco de recuerdos de mi nacimiento o de mi muerte y –tal vez menos significativos o menos fuera de mi control que el nacer y el morir– los otros acontecimientos relevantes de mi vida han quedado a cargo de una combinación desigual de lo objetivo y lo subjetivo, es decir y por lo general, de la invención y del olvido. En lo íntimo, recuerdo la hora y las circunstancias del fallecimiento de mi madre, y en un nivel distinto, pero también de consecuencias interminables, la muerte de algunos parientes y de varios amigos. No suelo hablar de estos asuntos y no me refiero a ellos por escrito, al no sentirme capaz de narrar la agonía de un ser querido, los gestos y los sonidos de la vida que se extingue, o de referir mis reacciones al enterarme de los sucesos.

Al asimilarse como hechos de la vida personal, los grandes acontecimientos políticos y sociales se prestan siempre a la evocación mitológica. Así y por ejemplo, las preguntas que sitúan en un mapa anímico inexorable, tipo: ¿Cómo te enteraste del asesinato de John Kennedy?, o ¿Cuál fue tu reacción al oír de la muerte de Luis Donaldo Colosio?, que son al fin y al cabo retórica de las encuestas, porque implican la sacralización de un hecho, y por minimizar y agrandar a la vez al sujeto del interrogatorio. Todos nos ubicamos ante los grandes acontecimientos de la nación y del mundo, llamados llana o confianzudamente la Historia; todos inventamos un perfil cívico al expresar nuestra respuesta; todos memorizamos nuestras reacciones.

En mi caso, habitante de la ciudad de México, tengo muy presente el 2 de octubre de 1968, evidente parteaguas histórico. En mi repertorio de datos incluyo los telefonemas que hice en la mañana de ese día, y recuerdo mis comentarios sobre el desgaste del Movimiento y el cerco en su derredor (esto no es hazaña mnemotécnica alguna, no se hablaba de otra cosa). También, en la tarde, una conversación muy prolongada con un amigo que retrasó mi arribo a Tlatelolco, donde atestigüé, en el Paseo de la Reforma, el momento de la fuga colectiva, de las denuncias a gritos y el pavor que se impregnaba; el recorrido veloz por las calles, la búsqueda de transporte, el viaje aciago a la Ciudad Universitaria casi desierta. Tengo muy presentes los rumores y el clima de agravio y alarma. Luego, ya en mi casa, la contemplación febril de los noticiarios, el telefonema de Leonardo Femat, que me hace oír los treinta minutos de grabación del fuego cruzado, y más tarde, los testimonios alucinantes de Nancy Cárdenas, Beatriz Bueno y Luis Prieto, quienes salieron justo a tiempo de la Plaza... Y las reuniones del 2 de octubre de 1969 y 1970 en casa de Selma Beraud para conmemorar el dolor y la rabia ante la impunidad. Los hechos figuran en mis recuerdos, pero he elaborado y relaborado mi estado de ánimo de ese día a lo largo de 35 años, y mi recuerdo actual está bastante más cerca de la efeméride que de la vivencia.

Otro tanto me sucede al evocar el 19 de septiembre de 1985. Supongo que en el tiempo sicológico ese día duró demasiado, al ir del miedo y el estupor a la combinación de alivios y tristezas. En tumulto, se añadieron rumores y detalles, las caminatas despiadadas, las llamadas perdidas, la impresión de habitar una ciudad paralizada y a la vez renovada por un espíritu distinto, la solidaridad nueva... No, esto último es un añadido, las presiones y las desolaciones del 19 de septiembre no admitían el juego de las moralejas sociológicas. Sólo al día siguiente, luego del segundo temblor, advertí lo obvio: el surgimiento casi formal de la sociedad civil (démosle ese nombre) y su toma de poderes, al no hablarse todavía de empoderamiento. Y así, al cabo de incontables repeticiones, el 19 de septiembre se ajusta al debut formal de una especie inesperada y ya imprescindible. Esto unifica mi experiencia, pero modifica a fondo mis recuerdos, al encuadrar en un solo molde el coro de impresiones y voces y temores y valentías.

Tampoco me fío de mis notas mentales sobre las fechas que anuncian etapas emotivas, por lo común, los hechos que convierten a cada persona en institución de sí misma. Quedan esos días como las fábulas requeridas de placas conmemorativas, como aquel augurio que no supe leer con agudeza, o la premonición póstuma por así decir. Quién hubiera dicho que alguien así me importara tanto por tanto tiempo... Y como todos, mezclo en cada etapa la costumbre de entonces con la idea actual de mí mismo. Las tabulaciones personales también cumplen sus bodas de oro.

¿Qué hacer con las fechas? En materia de evocaciones, su función principal es exorcizar la anarquía de los recuentos. Al existir en efecto el Star System de los días relevantes, y al exceptuarme de bautismos, primeras comuniones y bodas con la familia reunida alrededor de un solo chiste y una sola felicidad mientras más actuada más genuina, advierto en el calendario un conjunto más bien huidizo, con muy escasos deberes cronológicos. Y lo más fastidioso y lo mejor de los días culminantes en mi vida es su condición irretornable. No es sólo lo que hice entonces (reconstruido), sino, como suele suceder, el atender en demasía lo negociable con el olvido. Al no existir para mi desdicha los Museos de las Emociones Límite, nunca recupero las fechas determinantes en su diafanidad, sino, de modo clásico, las localizo en el sitio donde las recordé la última vez; por supuesto, en algo o en mucho diferente del lugar de la penúltima. Se vuelven proteicos la furia y la desesperación, la esperanza y el júbilo comunitarios, el deseo y el placer de asir como se pueda las experiencias. Detente, oh momento, eres tan bello por tan imposible de evocar con justeza. ¿Y qué es lo determinante entonces? Aquello donde –por así decirlo– uno ya no distingue entre sentimientos y razonamientos. Entre las emociones del día de la boda, supongo, se encuentra en primer término la institucionalidad del acto. Y esto se instala en la foto del matrimonio y la inauguración formal de una dinastía. Y lo sojuzga todo la indistinción entre lo que se vive y lo que se debería vivir, desde la publicación del primer libro a cualquier acto donde se establezca la alternativa dogmática: o uno memoriza sus reacciones y al hacerlo las fabrica, o se renuncia al punto de vista fijo, lo cual también es una falsificación.

Desde 1985, la pandemia del sida me resulta una sola fecha aterradora, poblada de episodios que se repiten inexorablemente, y que varían con los grados diversos del afecto y la importancia que le atribuyo a la persona y la calidad de la atención médica. He perdido amigos muy cercanos, y, también, amigos que me importaban sin yo saberlo con precisión. Los fallecimientos sucesivos se unifican, no tanto por el poder nivelador de la muerte, sino por ese vislumbre que abarca a unos cuantos y, con el fulgor abstracto de la estadística, a decenas de millones de personas, el holocausto al que impulsan la desinformación, el prejuicio aterrador, la homofobia y las políticas genocidas de los que continúan penalizando moralmente la enfermedad y se oponen con histeria a la distribución, e inclusive a la mención, de los condones. (Aquí destaco el papel del clero católico). La pandemia como una sola fecha incesante.

El santoral privado señala una parte del proceso de fijación de la vida a través de capítulos de la memoria. Y por lo común, los días ya rituales de cada uno participan ampliamente de la mezcla de nostalgia y narrativa algo tramposa. De esto, por supuesto, no me exceptúo.

Texto publicado en La Jornada, el 4 de mayo de 2008, con motivo de su cumpleaños 70

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Carlos Monsiváis, el coleccionista
José María Pérez Gay
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Objetos de decoración en la casa del cronistaFoto Barri Dominguez


Moscú, 14 de junio de 1991. Carlos Monsiváis, caminando por una calle del barrio de Arbat en el centro de Moscú, me contaba que había encontrado en el bazar sabatino de la Plaza del Ángel, en la ciudad de México –que él y Rafael Barajas, El Fisgón, frecuentaban todos los sábados– un ejemplar de los seis volúmenes –de la primera edición– de la Historia Ilustrada de la Moral Sexual, de Eduard Fuchs, publicado el año de 1911 por la Editorial Albert de Langen de Munich, y que además –para mi envidia– se lo había obsequiado al pintor Francisco Toledo. Le dije que aquel ejemplar era una joya invaluable, porque los nazis –hasta donde yo sabía– no sólo habían incinerado, en 1934, las setenta y tantas ediciones de la Historia Ilustrada de la Moral Sexual, sino también –y sobre todo– habían incinerado una parte –y subastado la otra– de la colección de pinturas y grabados eróticos y sexuales de Fuchs, que quizá –hasta ese momento– era una de las colecciones privadas más importantes de Occidente.

Eduard Fuchs (1886-1940), periodista y anticuario socialdemócrata cercano a Franz Mehring –el Lenin alemán–, cofundador con Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht del SPD (Partido Socialista Alemán). Fuchs resultaba un personaje interesantísimo, pues provenía de una familia proletaria que lo formó para impresor, no había tenido formación universitaria, había participado en los círculos anarquistas de Munich, poseía una desordenada y vasta cultura, era conocido en los círculos burgueses alemanes como el coleccionista de arte más consultado antes de la Primera Guerra Mundial y el principal poseedor de las caricaturas de Honoré Daumier (considerado padre de la caricatura política moderna). Además, era millonario.

Invitados por una fantasmal Asociación de Escritores Soviéticos –que en paz descanse– al llegar a Moscú nos hospedaron en un extraño lugar a orillas de un lago; a la mañana siguiente nos dimos cuenta de que nos encontrábamos en el Asilo de Escritores Ancianos Soviéticos en Piridielkino, un lugar que Carlos Monsiváis vio como una premonición ineluctable de nuestro destino más próximo. Situado a setenta kilómetros de Moscú, Piridielkino el pueblo donde nació Boris Pasternak y el escenario de La Casa Rusia, una de las últimas novelas de John Le Carré. Al día siguiente nos anunciaron que viajaríamos a Kyrguizia; en un avión de Aereoflot cruzaríamos 9 horas de uso horario. Al llegar a Kyrguizia le dije: Carlos estamos en Arabia. Me respondió: Nos hace falta Simbad, el Marino. El maestro Lenin no se quejaba de las distancias. Después nos trasladamos a Leningrado –hoy, según el santoral: San Petersburgo–, caminamos a lo largo de la perspectiva Nevski, sin mencionar a Gógol–, cuatro kilómetros, se dice fácil, nos encontramos por primera vez en el Museo de L’Hermitage, y doy fe de un hecho para mí asombroso. Monsiváis me guió por las salas como si hubiera estado varias veces antes en ese lugar, lo conocía de memoria, en especial las salas de Matisse, conocía cuadro por cuadro, época por época.

Al regresar a Moscú, nuestro guía, un escritor ruso–soviético, cuyo nombre he olvidado para siempre, nos llevó a visitar librerías de anticuarios. Por ese entonces, en plena época de la Perestroika, los habitantes de Moscú habían exhumado todos sus libros y los ponían a la venta. Cuando entramos en la primera librería, Mosiváis se adelantó entre las mesas llenas de libros y, unos minutos después, me señaló el tercer estante, a la izquierda, arriba del mostrador. Ahí estaban perfectamente alineados los seis volúmenes de la Historia Ilustrada de la Moral Sexual, de Eduard Fuchs en la primera edición de 1911. Un acto mágico, sin lugar a dudas.

Conocí a Carlos Monsiváis una mañana de 1971, en casa de Carlos Pereyra y Eugenia Huerta, en una reunión del Consejo de Redacción de La cultura en México, suplemento de la Revista Siempre!, a la que me llevó Aguilar Camín. Nos dimos cita, hasta donde recuerdo, David Huerta, Jorge Aguilar Mora, Rolando Cordera, Héctor Aguilar Camín, José Joaquín Blanco y el mismo Carlos. Por ese entonces yo vivía en Alemania y le prometí a Carlos la traducción de unos textos de Elias Canetti y Hans Magnus Enzensberger. Permanecí muchos años en el Suplemento de la revista Siempre!

En el enorme fragmento Libro de los pasajes de París, Walter Benjamin afirma que el coleccionista ve al mundo en cada uno de sus objetos ordenados de acuerdo a un plan sorprendente que el profano nunca entendió ni entenderá. El coleccionista desprende a sus piezas del disparatado curso de la historia –del mundo falso– y las ennoblece al incluirlas en un nuevo orden creado sólo para ellas. Las borrosas fotografías enigmáticas que acompañan el texto, las proyectadas incursiones en la historia de las construcciones y edificios, los planos de elevación de las fortalezas y los planos de los campos de concentración y, sobre todo y ante todo, el alemán que escribe con un tono y una sintaxis de principios del siglo XX, garantizan la resurrección del pasado. No se puede leer Imágenes de la Tradición Viva sin conocer el Museo del Estanquillo.

Walter Benjamin se interesó en 1937 por la naturaleza del coleccionismo a propósito de su encuentro con Eduard Fuchs, propietario de una de las mayores colecciones del mundo de caricaturas, arte erótico y cuadros de costumbres. En su ensayo Eduard Fuchs: historia y coleccionismo, Benjamin plantea el doble problema de los caracteres sicológicos del coleccionista y de la naturaleza del coleccionismo en tanto que traslación de la historia de la cultura a un patrimonio de bienes. En relación con el primer problema, Benjamin detecta ya en Fuchs (y por extensión en todos los coleccionistas) los atributos de una sensibilidad ligada a un pathos (‘pathos’, voz griega que significa ‘sufrimiento y pasión’) específico, unos atributos que convierten al coleccionista en un individuo perteneciente a las minorías más excéntricas y complejas de la sociedad: A la figura del coleccionista, que con el tiempo aparece cada vez más atractiva, no se le ha dado todavía lo suyo. Nada nos impide creer que ninguna otra hubiese podido deparar ante los narradores románticos un aspecto más seductor. Son románticas las figuras del viajante, del jugador, del virtuoso. Pero falta la del coleccionista. Benjamin insiste luego en el interés que dicha figura presenta para la sicología. Y sabemos que la sicopatología moderna considera abiertamente el coleccionismo como una conducta ligada a naturalezas maníacas y megalómanas, estrechamente relacionada con comportamientos premórbidos, como la usura o la avaricia.

Sin embargo, más allá de los caracteres sicológicos del coleccionista, Benjamin se interroga, a propósito de Fuchs, sobre el sentido del coleccionismo en relación con la memoria y la recuperación de la historia. Para Monsiváis, tras la conducta del coleccionista privado se esconde la obsesión de visualizar el legado del pasado y de convertirlo en un patrimonio valiosísimo de bienes, unos bienes que no poseen valor pecuniario alguno, y que sin embargo constituyen un incalculable tesoro.

El arraigo de la propiedad en el espíritu del coleccionista –decía Monsiváis– y sólo este aspecto de la naturaleza del coleccionismo puede explicar el denominador común de este pathos a lo largo de toda la Historia: buscar, encontrar, clasificar y agrupar parte de la historia,de la cultura. Con Carlos Monsiváis muere uno de mis mejores amigos.

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El ciudadano
Jesús Ramírez Cuevas
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Apartir de hoy, México está incompleto pues le falta uno de sus hombres más lúcidos de su tiempo. Los últimos 50 años mexicanos no pueden entenderse sin la presencia, la omnipresencia, de Carlos Monsiváis, el intelectual independiente del poder, el escritor brillante, el ciudadano comprometido con las causas democráticas de la sociedad, el comentarista de cuanto fenómeno cultural, social y político asomara a la realidad.

Gracias Carlos por darnos tanto de ti desinteresadamente. Gracias por ser como eras, por pensar como pensabas, por reírte como te reías (de todos), por las enormes lecciones morales e intelectuales que nos diste a todos (todavía pasaremos un buen tiempo en lograr entender y asimilar muchas de ellas).

Tenemos tantas cosas que agradecerte Carlos. En primer lugar, tu amistad a toda prueba, tu solidaridad incondicional con las personas en desgracia. Gracias, Carlos por tu apoyo incansable a las causas del pueblo y a los sectores más decididos a enfrentar el cinismo y la impunidad del poder. Gracias, Carlos, por tu capacidad de indignación y tu talento para traducirla en alegatos brillantes y demoledores; por tu ingenio cotidiano que supo hacer del humor la mejor arma de la crítica implacable. Pero sobre todo, gracias, Carlos, por haber demostrado que la inteligencia y el talento no están reñidos con el compromiso ético y político.

Gracias Carlos, maestro de varias generaciones de periodistas, escritores, artistas, activistas. Maestro: tu voz genuina, tu conocimiento omnívoro, tu infaltable humor y tu visión deslumbrante, alternativa, siempre informada y aguda.

Cada mañana, casi sin fallar, sonaba (tengo que usar el pretérito) el teléfono de casa, Carlos Monsiváis estaba presto a comentar los últimos acontecimientos del país y del mundo. Siempre con ironía, hacía gala de su agudeza y sintetizaba en una frase los problemas más complejos de la vida nacional, al vuelo citaba referencias históricas, libros y episodios culturales que venían a cuento. Jamás perdió filo su capacidad de indignación frente a las injusticias, incluso las más pequeñas lo sublevaban, lo obligaban a convertir su pesimismo programático en sesudos análisis de la realidad y lograba entender las cosas, generar así la luz que es motivo de esperanza.

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Afuera de Bellas Artes en el año 2006Foto José Carlo González

Promotor incansable de la sociedad que se organiza, cronista genial del empoderamiento de los ciudadanos, Carlos acompañó a cuanta lucha y movimiento social se le atravesó en su camino. Incluso se puede decir que redactó o ayudó a redactar la mayor parte de sus manifiestos. Hoy lo recuerdan y lo acompañan los maestros, médicos y ferrocarrileros del 58; los estudiantes de 1968; los activistas de los movimiento sociales urbanos; los capitalinos que vivieron del temblor de 1985; los convencidos en esfuerzos democratizadores de la sociedad; los indígenas zapatistas del Chiapas digno que no se rinde; las minorías que pugna por un lugar en la nación; las mujeres y su causa feminista; las lesbianas y homosexuales que combaten la homofobia, el prejuicio y el derecho a ser diferentes; los mexicanos que hoy luchan contra el capitalismo salvaje y sus lamentables consecuencias sociales y ecológicas, los que reivindican el arte popular, la historia nacional, y aquellos que llenan las calles convencidos de que la democracia y la justicia algún día llegarán a reinar en nuestro maltratado país.

Carlos, nos haces falta, nos harás falta siempre. Gracias, Carlos, por todo, gracias por tus palabras y tus ideas, por tu sabiduría, toda, siempre puesta al servicio de los demás, por creer, por pugnar, por pensar en un México incluyente y democrático.

Nada mejor te describe, Carlos, que aquellas palabras que escribiste, citando al poeta Luis Cernuda, en el homenaje que te ofreció la Universidad Autónoma de la Ciudad de México al reconocerte con el insólito y único doctorado honoris causas perdidas:

Gracias compañero, gracias por el ejemplo, gracias porque me dices que el hombre es noble, nada importa que tan pocos lo sean, uno, uno tan solo basta como testigo irrefutable de toda la nobleza humana, muchas gracias.

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In memoriam
Lágrimas de piedra en el Bicentenario (2210)
Carlos Monsiváis
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Hugo Gutiérrez Vega y Carlos Monsiváis durante el homenaje al cronista en el Palacio de Bellas Artes, el 15 de febrero de 2009Foto Marco Peláez /archivo La Jornada
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Carlos Payán, Fermán Cienfuegos, Carmen Lira Saade, José Saramago y Monsiváis en el salón Ángeles del Distrito Federal, en 1999Foto Omar Meneses/ archivo La Jornada

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Con Octavio Paz, Nobel de Literatura 1990Foto Carlos Cisneros / archivo La Jornada

Epílogo

El Comité Organizador de los Festejos Luctuosos del Bicentenario de la Desaparición de la Humanidad antigua ya anunció el magno espectáculo de luz y sonido en memoria de incontables milenios y del triste final del género humano. Hace todavía cien años, comentó el organizador, no habría sido posible esta apoteosis de la obligación de recordar, no sólo por el olvido de los idiomas, tan lentamente recuperados por los especialistas, sino porque las condiciones atmosféricas no lo hubiesen tolerado. El programa de Festejos Lúgubres empezará con un homenaje rencoroso al Calentamiento Global que eliminó hace doscientos años la vida en el planeta. Debemos aceptar las grandes diferencias con nuestros semiancestros, y es justo reconocer que somos descendientes del Calentamiento Global.

Se insiste en lo que todos los integrantes de la Poshumanidad conocemos: el CG (para ya no repetir lo del Calentamiento Global) afectó la geología de la Tierra, convocó los desastres naturales, los terremotos, las avalanchas de nieve, las erupciones volcánicas de gran intensidad, los tsunamis que ahogaban a las propias olas. Extraigan los recuerdos de su ADN, se nos dice, los días de la intolerable temperatura en la atmósfera, los recuentos patéticos de las sumas del horror: los millones de toneladas de dióxido de carbono emitidas por vehículos, fábricas, centrales energéticas y aviones.

Allí están las imágenes remasterizadas (el sistema visual de cada persona está remasterizado), las secuencias que aún estremecen de las convulsiones atmosféricas, las revoluciones oceánicas, las metamorfosis de la geología y la geomorfología. Sin necesidad de los paleolíticos efectos especiales se aprecia cómo, gracias al deshielo de glaciares, se abren paso, ya sin obstáculos, las lluvias torrenciales. Y que nos lo digan: al derretirse la capa de hielo de la Antártida, el nivel del mar aumentó 61 metros, no desde luego medidos, sino calculados; la cifra que aterró en aquella época sepulta e insepulta, entonces al tanto de los seis metros suficientes para inundar Londres o Nueva York. Y no dejen de mencionar el hidrato de metano, acumulado en las capas milenarias de hielo que, al descongelarse, probaron su potencia, veinticinco veces más poderosa que el dióxido de carbono.

Como es previsible, el Festival Luctuoso del Bicentenario no consistirá básicamente en enumerar profecías ya cumplidas ni en censurar errores de cálculo del capitalismo salvaje, ni resucitará temas que enconen a los fantasmas del pasado. La idea es, tómese como se tome, aceptar los grandes cambios y ensalzar a la Poshumanidad. ¿Qué se gana con tener presente a esas razas de apariencia espantosa como precisan las fotos rescatadas? ¿Qué sentido tendría una mera evocación llorosa? Más bien, el Comité reparte invitaciones para su primera actividad: un desfile de carros alegóricos submarinos con escenas arcaicas de frotamiento incomprensible de los cuerpos. Eso es sólo el principio.

Entre los documentos que han llegado a manos del Comité Organizador de los Festejos Luctuosos del Bicentenario de la Desaparición de la Humanidad, se hallan las siguientes recomendaciones del empresariado internacional (2020):

1. Si el Apocalipsis o, como le dicen ahora, el Calentamiento Global, va a ser negocio, no tenemos inconveniente en su llegada. Lo que no se puede aceptar es un acabose no rentable, algo que por sí mismo desalienta las esperanzas de las inversiones a plazo fijo y el manejo bursátil de la confianza en el posfuturo.

2. Si se anuncia la gran catástrofe, no vendas todas tus propiedades, por devaluadas que estén. Resérvate tu casa, la comida real y virtual y un caudal de DVD por si el Juicio Final se prolonga al ser tantos los enjuiciados y tan escasos los abogados defensores, porque los del gremio no quieren participar por si luego no hay a quién cobrarle.

3. Búrlate de los que te aconsejen invertir en recursos energéticos. En una agonía planetaria, el petróleo y sus derivados no calman físicamente el hambre y la sed; es preferible almacenar el agua en cajas fuertes o vivir en macropeceras.

4. No te vuelvas un oportunista deleznable y no te conviertas rapidito a cualquier credo, o no asegures que eres el mejor creyente de tu manzana. Se ve mal. Mejor, con serenidad, acepta que siempre has creído en los valores y que ésos están asegurados en las reservas del Banco de México.

5. No caigas en el pánico, porque eso te crea incertidumbre, el estado de ánimo menos propicio para decidir cuáles inversiones son todavía provechosas.

6. Agradece a las autoridades federales si te disminuyen lo que debes pagar en agua y luz en caso de que la humanidad desaparezca. Pero no lo hagas en público, para que no se envanezcan. Más bien, lo que te toca decir es: Ya que se va acabar su régimen fiscal, salen con esto. Agua no necesitamos porque ya viene el diluvio universal, y luz habrá en demasía cuando estalle el firmamento por falta de pago de la tenencia de los cielos.

7. Cuando estés solo con tu familia, no les salgas con la cantaleta de la unidad ante la adversidad. Mejor diles que ya que queda muy poco tiempo, hay que decir todo lo que se ha ocultado hasta el momento. Cuando tu mujer salga con que tuvo una aventura romántica durante 10 años, abrázala y perdónala. Luego le dices que tú les has sido fiel, pero sólo en lo que toca a su género. Y a tus hijos les informas que siempre has sabido que no eran tuyos y que por eso no les dejas nada en tu testamento, que de cualquier modo no les serviría a la hora en que se abra la tierra sin necesidad del apoyo solidario de los terremotos.

8. No se te ocurra liquidar tus deudas. Limítate a decir: El de atrás paga. Y a ver quién se hace cargo de tu cartera vencida en las prisiones de la eternidad.

Texto tomado de Apocalipstick, el último libro de Carlos Monsiváis. Lo reproducimos con autorización de la editorial Random House Mondadori

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El último viaje con José ha sido especialmente tranquilo, como él, expresó su viuda

Con honores militares, reciben los restos de Saramago en Portugal

Los resguardaron su viuda, Pilar del Río; Violante, su hija, y la ministra lusa de Cultura, Gabriela Canavilhas

El cuerpo será cremado; parte de sus cenizas irán a su natal Azinhaga y otra a Lanzarote

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Un simpatizante del Partido Comunista presenta sus respetos al premio Nobel de Literatura portugués en el Ayuntamiento de Lisboa durante el arribo de sus restos mortalesFoto Reuters

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LAS JORNADAS DE SARAMAGO. Pilar del Río, viuda y traductora del escritor portugués, recibió las condolencias de familiares y amigos en el Ayuntamiento de Lisboa, adonde llegaron los restos de su compañero provenientes de LanzaroteFoto Reuters
Armando G. Tejeda
Corresponsal
Periódico La Jornada
Domingo 20 de junio de 2010, p. 8

Madrid, 19 de junio. José Saramago hizo su último viaje: su compañera y traductora, Pilar del Río; su hija, Violante Saramago, y la ministra de Cultura de Portugal, Gabriela Canavilhas, resguardaron los restos mortales del Nobel de Literatura durante el vuelo que los trasladó de Lanzarote, su residencia desde 1993, a Lisboa, ciudad en la que creció y de la que se tuvo que ir ante los ataques furibundos contra su obra del poder público y de la Iglesia católica.

Con 87 años y 32 libros, el novelista, poeta y ensayista murió el pasado viernes en su casa de Tías, donde fue velado antes de emprender regreso a Portugal. El último viaje con José ha sido especialmente tranquilo, como él, dijo Pilar del Río, emocionada por la inminente despedida y ante el recibimiento con honores militares en su país.

Portugal entera llora la muerte de José Saramago. Así como buena parte del planeta, desde el Río de la Plata hasta el río Bravo, desde la desembocadura del Tajo hasta los fiordos noruegos.

El único Nobel de Literatura en la historia de Portugal se convirtió en referente internacional, en escritor admirado y querido, lo mismo en esa América Latina que caminó y descubrió con curiosidad y hambre de comprensión, que en la vieja Europa, que le vio nacer en el lejano 1922 y que le ofreció escenarios extremos que serían, a la postre, cruciales para su legado literario: la brutalidad de la guerra mundial, el enfrentamiento ideológico de la guerra fría, la persecución de los comunistas en las dictaduras fascistas y, más recientemente, los movimientos sociales para luchar contra los excesos del capitalismo neoliberal.

El llanto y el pesar por la muerte de Saramago inundó buena parte del planeta, pero se sintió especialmente en la península Ibérica: en Portugal, su país de origen y donde están la mayoría de los escenarios literarios de sus novelas, incluida la pequeña aldea en la que nació, Azinhaga; y España, país al que estuvo ligado desde joven, pero sobre todo a partir de su autoexilio de Portugal, en 1993. Eso explica que tras su muerte, en Lanzarote, centenares de personas se acercaran hasta la sede de su fundación y biblioteca a darle el último adiós, a velar al autor de libros que ya forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones de lectores: Memorial del convento, El ensayo sobre la ceguera, El Evangelio según Jesucristo y El viaje del elefante, entre otros.

En un féretro de madera y abierto a la vista a través de un espejo a la altura de la cara, el cuerpo de Saramago, al que se le acercaron centenares de coronas de flores, mensajes que llegaban de todo el planeta, de pesar y de agradecimiento a su luz y legado literario. El cuerpo, de gesto sereno, estaba acompañado de una frase escrita en el espejo, que en su momento lo habían emocionado especialmente y que procedía de un lector argentino: Estaremos extrañamente conectados a la bondad del mundo.

Después de ser velado y llorado, pero también leído, pues su viuda Pilar del Río se limpió las lágrimas y se puso firme para leer un pasaje de su libro El Evangelio según Jesucristo en el que reflexionaba sobre la muerte, el féretro con Saramago finalmente emprendió el viaje a su natural Portugal. Ahí fue recibido por las más altas autoridades y con música militar destinada a los actos fúnebres más solemnes e importantes.

Los restos del escritor serán cremados. Siempre quiso ser incinerado y pidió a la familia que se hiciera viendo el Atlántico, como va a ser, señaló un portavoz de la familia. Parte de sus cenizas serán depositadas en la localidad lusa de Azinhaga, y la otra se enterrará junto a un olivo de su casa de Lanzarote.

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Nos quisieron postrar, pero fallaron, afirmó

AMLO: en 2012 nos volveremos a ver la cara con la mafia
http://www.elmanana.com.mx/upload/foto/12/3/6/AMLO.jpg
Andrés Timoteo Morales
Corresponsal
Periódico La Jornada
Domingo 20 de junio de 2010, p. 24

Chicontepec, Ver., 19 de junio. Desde este municipio serrano conocido como el Balcón de la Huasteca Veracruzana, el excandidato presidencial Andrés Manuel López Obrador anunció que el movimiento ciudadano y popular que encabeza desde hace cuatro años se volverá a ver la cara con la mafia del poder, representada por los partidos Revolucionario Institucional (PRI) y Acción Nacional (PAN), en los comicios de 2012.

Y ahí les vamos a volver a ganar, les vamos a recordar a los mafiosos que llegó su hora, que nos quisieron ver de rodillas después de que nos robaron la Presidencia de la República, pero a cuatro años estamos de pie y estamos luchando para defender al pueblo, señaló frente a miles de indígenas huastecos y nahuas concentrados a lo largo de la calle Adolfo López Mateos, la principal del poblado.

Allí los candidatos indígenas de la Alianza Para Cambiar Veracruz que conforman los partidos de la Revolución Democrática (PRD), del Trabajo (PT) y Convergencia, externaron frente al tabasqueño y el abanderado a la gubernatura, Dante Delgado, que el compromiso es evitar que triunfen los candidatos chichiltiques (rojos) y mafiosos, en referencia a los aspirantes del tricolor.

En su momento, Delgado Rannauro se comprometió a defender la riqueza petrolera que hay en el subsuelo de la región, pues con el proyecto llamado Paleocanal de Chicontepec, también conocido como Aceite Terciario del Golfo, se pretende extraer el hidrocarburo sin que las comunidades tengan un beneficio directo. Sacan el petróleo y el gas y se van, dejando miseria y daños.

Al respecto, López Obrador citó que el norte veracruzano, donde Petróleos Mexicanos desarrolla el proyecto Aceite Terciario del Golfo, es un ejemplo nacional del saqueo de las riquezas por parte de extranjeros en complicidad con el gobierno sin que haya justicia ni desarrollo social para los pueblos asentados sobre los yacimientos.

A pesar de que aquí la nación tiene una gran riqueza petrolera, el pueblo está en la pobreza. Esta región demuestra que Veracruz es un estado rico con un pueblo pobre, un estado petrolero con un pueblo sin dinero, porque se dan contratos de miles de millones de dólares a empresas extranjeras para explorar y explotar los yacimientos pero se llevan todo el dinero y no son capaces de voltear a ver a la gente que cada día se empobrece más, citó.

Por ello, llamó a no sufragar por los dos partidos que le sirven a la oligarquía, PAN y PRI: No queremos que los 30 personajes que se creen los dueños de México se sigan enriqueciendo, esos que nos robaron en 2006 y que pensaban que no nos íbamos a levantar, pero se equivocaron, estamos de pie, en lucha para defender al pueblo, para defender el petróleo, para defender a la patria.

Después de los comicios del 4 de julio cuando se renueve la gubernatura, el Congreso local y las 212 alcaldías de Veracruz, agregó, “tenemos una cita en 2012 y ahí les vamos a volver a ganar a la mafia del poder.

Nosotros tenemos la razón, tenemos autoridad moral y política, a todos los podemos ver de frente. En el 2006 nos robaron la Presidencia y miren cómo tienen al país, si no nos hubieran robado México no estaría así, resumió.

Por la mañana, López Obrador estuvo en Tampico de paso rumbo a Veracruz, y ahí dijo que en son lo mismo Fidel Herrera que Yunes, son tal para cual.

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La mafia que se adueñó de México
Arnaldo Córdova

La mafia que se adueñó de México… y el 20l2, es el título del nuevo libro que ha escrito Andrés Manuel López Obrador y que publica Editorial Grijalbo. Es un libro sencillo y claro como todos los suyos. Es un análisis crítico, en primer lugar, del proceso a través del cual una pequeña oligarquía se ha adueñado de México, sus riquezas naturales y humanas, en su primer capítulo, que se titula, precisamente, El saqueo. Correlativamente, es la exposición del proceso de empobrecimiento de la sociedad a que han llevado la corrupción y la depredación de la derecha, como puede verse en su segundo capítulo, Abandono, corrupción y pobreza.

Es también la descripción de una experiencia maravillosa que López Obrador vivió, viajando por todos los municipios del país, de lo que vio, de la gente estupenda que conoció y, también, de la belleza de nuestro país que lo asombró (es el contenido del tercer capítulo, titulado La resistencia y el peregrinar por el país, que José María Pérez Gay llamó el alma del libro, en la presentación del mismo); y culmina, en el cuarto capítulo, con un examen que es, a la vez, una exposición crítica y un planteamiento programático que denomina, emblemáticamente, 2012.

Del primer capítulo, todos podrán aprender cómo se adueñó esa mafia de México; del segundo, cómo ello llevó a la miseria de las masas de la sociedad; del tercero, la visión cercana del gran pueblo que tenemos y que constituye nuestra mayor e insuperable riqueza y, además, de ese incomparable país que es México; del cuarto, podrán entrar al debate de lo que somos, de los terribles desafíos que se tienen por delante y, desde luego, de las propuestas que se están presentando a todos los ciudadanos de México no sólo para rescatar a nuestra patria de los saqueadores, sino para hacer de este país una patria digna para todos.

Sí, hay que reconocerlo, como se puede leer en la página 174 del libro, nuestro pueblo es muy susceptible a creer las mentiras que se le administran desde el poder, ese poder real que no son sólo las oficinas del gobierno, sino esos que se llaman poderes fácticos y que son los dueños de la riqueza nacional. Una muy buena franja de la población está muy despolitizada y es víctima de toda clase de manipulaciones. En nuestro pueblo hay actitudes que deberán cambiar, actitudes logreras, que López Obrador llama aspiracionistas, una mentalidad retrógrada y sumisa, que se muestra, ante todo, en los sectores más incultos y aislados de nuestras clases medias. En esas franjas del pueblo no hay más pensamiento propio que el que les suministran la televisión y la radio.

Pero los que están del lado del pueblo no son un puñado. Son millones y siguen creciendo. Los conservadores de todas las clases sociales se conforman con esa miseria de país en la que han transformado sus explotadores a México y se sienten muy a gusto en ella, aunque sepan que nada está seguro para ellos, porque si algo nos ha dado la derecha es la más siniestra inseguridad y la duda perenne de lo que nos podrá pasar a todos en el futuro. El mensaje de Andrés Manuel López Obrador es claro y sencillo: “… lo que somos y representamos se ha logrado con autoridad moral, imaginación y firmeza; con acciones de resistencia en defensa del pueblo y de la nación, con el trabajo organizado de hombres y mujeres libres y conscientes” (p. 173).

En este gran movimiento ninguno se considera enemigo irreconciliable de nadie. En él sólo se señala a los culpables de la tragedia que está viviendo nuestra sociedad por la ineptitud de sus conductores políticos, económicos y religiosos. No se piensa en ellos como enemigos porque, si algún día se llega a gobernar este país, y ese día llegará, se tendrá que entender con ellos y encontrar con ellos la solución que les permita, también a ellos, seguir viviendo en esta sociedad y, al pueblo de México, encontrar su camino y tener en sus manos las decisiones fundamentales para hacer de la nuestra una sociedad de verdad justa, equitativa y acogedora para todos sus integrantes, sean de la clase que sean.

En la página 190 de su libro, Andrés Manuel López Obrador lo dice así: “… les decimos a los integrantes de la oligarquía, que, a pesar del gran daño que le han causado al pueblo y a la nación, no les guardamos ningún rencor y les aseguramos que ante su posible derrota en 2012, no habrá represalias. Declaramos esta amnistía anticipada porque lo que se necesita es justicia, no venganza, y ellos tendrán que entender que ningún grupo, por importante y poderoso que sea, puede seguir conspirando contra la paz social. Nada ni nadie puede valer más que el bienestar y la felicidad del pueblo”.

Estos festejos nacionales en torno al bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución no salen de la retórica, la mediocridad discursiva y la alegoría demagógica que hasta hacen víctimas de sus excesos los huesos de los padres de nuestra gesta independentista como nación. Todo mundo se pregunta sobre el misterio del año diez de cada siglo para nosotros. 1810 y 1910 parecen habernos marcado. Ahora le estamos preguntando al 2010 si volverá la violencia en los meses que nos quedan. ¿Haremos de nuevo una revolución y volveremos a caer en la violencia? Nuestra respuesta es no y este nuevo libro de López Obrador lo confirma. Nosotros, a diferencia de todos los reaccionarios de México, somos enemigos de la violencia. No es nuestra vía.

Él señala con atingencia otro hecho que sí tiene significado: la sucesión presidencial. Y nos dice al respecto: “… la historia nos enseña que siempre, alrededor de la sucesión presidencial, se presentan las condiciones más propicias para iniciar los cambios que se requieren en el país” (p. 204). Sí, estamos ante una oportunidad de oro para impulsar los cambios que el país necesita, pero eso no significa llamar a la violencia. El camino de la violencia debe desaparecer para siempre de nuestro escenario, sea de grupos sociales, sea y principalmente de nuestros gobernantes que tan prestos están a echar mano de las armas y, además, sin que éstas, las armas del Estado, les pertenezcan, sino a la nación.

Sí, estamos proponiendo una transformación a fondo del país. López Obrador ha dicho que vamos a llevar a cabo la Cuarta Transformación de México, después de la Independencia, la Reforma y la Revolución. Pero negamos que cada año diez de cada siglo tenga que ser fatalmente violento. Además, la sucesión presidencial será en 2012, no en 2010. Estamos decididos a hacer que ya no haya entre nosotros búsquedas violentas. La nuestra es la alternativa pacífica para este 2010 que acabará consumándose en el 2012. Ese es el mensaje de este nuevo libro.

Se trata de un libro programático. Todo programa político tiene que ser, a la vez, un análisis riguroso de la realidad y un Conjunto de propuestas para cambiarla. El libro de López Obrador es análisis y es propuesta y está a la vista de todos.

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Ser migrante en el Mundial
Matteo Dean
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Mientras en el Soccer City Stadium de Johannesburgo se inauguraba el Campeonato Mundial de Futbol 2010, a pocos kilómetros de allí, en la periferia de la ciudad más poblada de Sudáfrica, miles de personas viven hacinadas en edificios abandonados (antiguas oficinas, instalaciones industriales y bloques de vivienda). Según la organización Médicos sin Fronteras (MSF), estas personas vivirían en dichos lugares en condiciones lamentables. La mayoría de esta población, reporta MSF, serían migrantes, tanto extranjeros –procedentes sobre todo de Zimbabue– como migrantes internos, es decir sudafricanos que buscan mejores condiciones de vida en la ciudad.

Mientras en el mismo estadio, que costó más de 400 millones de dólares, se celebrará la final del añorado campeonato mundial, unos 500 kilómetros más al norte, hacia la frontera con Zimbabue, migrantes de dicho país seguirán pidiendo refugio al gobierno sudafricano, a un ritmo –estimado– de 300 peticiones al día. Y mientras el más barato de los boletos para asistir a los encuentros entre los guerreros aztecas y sus contrincantes cuesta 300 dólares, la mitad de esa cifra sería suficiente para que un ciudadano de Zimbabue consiguiera el pasaporte para cruzar legalmente al país anfitrión del renovado circo del futbol. Y sin embargo, un ciudadano de Zimbabue difícilmente tendrá ese dinero todo junto y optará por irse de mojado a Sudáfrica porque otras maneras no existen.

Mientras esperamos sacar el boleto a los cuartos de final, un mojado de Zimbabue tiene que cruzar el río Lipompo. Los encuentros que uno hace en la ruta de la supervivencia (y de la esperanza) que une Zimbabue a Sudáfrica son los mismos: policías migratorios –de todo tipo, por cierto–, criminalidad organizada y racismo autóctono. La denuncia de la organización humanitaria internacional reporta, por ejemplo, abusos de todo tipo, comenzando por el grave y poco atendido caso de decenas de violaciones sexuales. Dice el reporte de MSF: “Muchas mujeres viajan en grupos para tratar de hacerlo más seguro. Sin embargo, a menudo varios asaltantes violan a cada una de ellas, o incluso obligan a los hombres que forman parte de estos grupos a que violen a sus propias mujeres, hermanas o tías. Si se niegan, los guma guma los violan a ellos”. Por su parte, la policía sudafricana –local y nacional– hace caso omiso a las denuncias argumentando, en el mejor de los casos, que dichas violaciones se llevan a cabo del otro lado de la frontera. Los datos de MSF desmienten dicha versión: 83 por ciento de los casos reportados acontecen del lado sudafricano de la frontera.

Mientras nos emborracharemos por las calles de Johannesburgo festejando un gol (?), miles de migrantes buscarán un día más de supervivencia en la misma ciudad. Dice MSF –organización que tiene una clínica en la ciudad– que hay al menos 30 mil personas que viven hacinadas en edificios abandonados y en precarias condiciones. Son más de mil edificios que fueron paulatinamente abandonados a su suerte y poco a poco ocupados por gente pobre de barrios más marginados y por los mismos migrantes. Sólo en 45 de estos edificios, según estimaciones de la organización, viven más de 30 mil personas, es decir, una tercera parte de los lugares del nuevo y espléndido Soccer City Stadium.

Mientras la Asociación de Futbol sudafricana prometió cerca de 130 mil dólares por cada gol realizado por sus jugadores, los dueños de estos edificios –señalados por MSF como criminales y terratenientes sin ningún escrúpulo que buscan exprimir al máximo a sus inquilinos– seguirán sin proveer los edificios de servicio alguno; pero exigirán el pago de cerca de 100 dólares mensuales (o seis por día) a los ‘inquilinos’.

Mientras observaremos cuán eficazmente se desarrolla el programa del evento deportivo, el gobierno local aún no tiene un plan para las entre 500 y mil personas que viven en estos edificios, en su mayoría solicitantes de asilo y personas que se han visto obligadas a emigrar de Zimbabue, aunque también de otros países como Malawi, Tanzania o Mozambique. En cambio, los desalojos de pobres y de migrantes que ocupan estos espacios siguen su ritmo. Son los dueños particulares que con el auxilio de la policía y de los cuerpos de seguridad privada (que logran organizar verdaderos ejércitos de golpeadores, las llamadas hormigas rojas) imponen los desalojos realizados –sobra decirlo– con lujo de violencia.

Mientras los guerreros aztecas lucharán dejando atrás las polémicas generadas por las leyes racistas de Estados Unidos, en Sudáfrica el racismo vuelve a surgir. Afirma MSF que los migrantes de Johannesburgo se enfrentan a la amenaza constante del acoso policiaco. Muchos testimonios reportan que la policía acosa y detiene a muchos extranjeros, aunque estén de compras. Es el clima de xenofobia lo que preocupa a MSF. Tras el estallido generalizado de violencia xenófoba de 2008, refugiados y migrantes vulnerables han seguido siendo víctimas de la violencia. Aunque los casos se produzcan ahora a menor escala, las consecuencias continúan siendo igualmente graves. Por eso, sería urgente hacerle caso a los testimonios de varios migrantes de Zimbabue, quienes hoy afirman: Tenemos miedo de la xenofobia, pues todo el mundo dice que nuestra situación se agravará después del Campeonato Mundial de Futbol.

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