sábado, junio 27, 2009

UNA TIERRA, UN PAÍS, UNA PATRIA Y UNA NACIÓN PARA TODAS Y TODOS

Mensaje Pastoral con motivo de los Procesos Electorales del 2009

Como Obispo de la Diócesis de Saltillo, en mis visitas pastorales, en los encuentros de laicos y laicas, de las muchas instancias pastorales que animan la vida de nuestra Iglesia, en las reuniones con mi presbiterio y con los religiosos y con las religiosas que generosamente nos prestan su servicio, y también, en las muchas reuniones con organismos defensores de derechos humanos y de la sociedad civil, se me ha insistido constantemente para que diga una palabra de compasión, solidaridad y esperanza para nuestro pueblo creyente y para todas las personas de buena voluntad de Coahuila y de México. Con todos y todas ustedes en mi corazón, lleno de preocupación por todo lo que están padeciendo, pongo en mis palabras lo que ustedes me han confiado.

1. En los documentos conclusivos de la II y III Conferencias Generales de los Obispos latinoamericanos (Medellín 1968 y Puebla 1979 respectivamente), los obispos expresaron cómo experimentaban en su propio corazón la situación de nuestro pueblo, diciendo: “Un sordo clamor brota de millones de personas pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte” (Medellín, Pobreza de la Iglesia, 2); “Es el grito de un pueblo que sufre y demanda justicia, libertad, respeto a los derechos humanos fundamentales de las personas y de los pueblos. El clamor es claro, creciente, impetuoso y, en ocasiones, amenazante” (Puebla 87-89). Hoy, a una distancia de cuarenta años de Medellín y treinta años de Puebla, nos indigna y nos duele la realidad de nuestro país que actualiza ese viejo clamor y el señalamiento hecho por los obispos hace tanto tiempo.

2. Hemos llegado a una situación crítica y amenazante porque el pueblo se encuentra en un absoluto desamparo, sin tener a quién acudir para exigir el respeto a su dignidad. Nuestros gobernantes no escuchan y no se conmueven ante la permanente y sistemática violencia que padecen la mayoría. La lista es interminable: los papás, mamás y familiares de las personas golpeadas, violentadas, secuestradas y/o desparecidas por mafias, polícias y/o militares; las y los trabajadores injustamente despedidos o desempleados; las familias de Pasta de Conchos; los miles de mineros en todo el país que como la mayoría de trabajadoras y trabajadores solamente son utilizados por su sindicato; las víctimas de Orica; las mujeres violadas por militares en Castaños, Chiapas, Oaxaca y otros lugares del país; las mujeres contra las que se ejerce violencia psicológica, física y/o sexual; las tantas mujeres asesinadas por el hecho de ser mujeres; las y los migrantes secuestrados, robados, violados y torturados por bandas de diferentes denominaciones con la complicidad de autoridades locales y federales; las y los empresarios agredidos por políticas económicas que hacen naufragar el mercado interno; los millones de jóvenes a quienes les decimos que son el futuro de un país que parece no tener futuro; las familias de los muertos en las plataformas petroleras; las familias de todas las criaturas muertas en la guardería ABC de Hermosillo; los campesinos indígenas y no indígenas desalojados y abandonados ante la embestida de empresas trasnacionales; las y los defensores de derechos humanos agredidos, violentados, encarcelados y asesinados o que se ven obligados a salir de su país para evitar más violencia contra ellos y ellas; las y los muchos ciudadanos a quienes se les reprime y penaliza cuando se atreven a exigir un derecho; y un muy largo y lamentable etcétera.

3. Todo, resultado de un Estado que de manera irracional e inmoral, sirve de muralla para proteger a una minoría que se impone violentamente sobre la mayoría de las y los ciudadanos. Y que, en sus tres niveles de gobierno, Municipal, Estatal y Federal, ha dejado una estela de muertes y de miedo, porque en su estrategia de lucha contra el crimen organizado y el narcotráfico, siempre están involucrados en el bando al que supuestamente se combate, funcionarios, policías y militares, en una guerra perdida, porque no se atreven a cortarles el flujo de dinero, ni les impide el acceso al armamento.

4. Toda esta dramática situación amenaza con descorazonar al pueblo mexicano que ha creído, luchado y construido con sudor y sangre, los ideales de un país que se rija democráticamente. Sabedores de que es la única posibilidad real que tenemos para que la voz del pueblo resuene en los corazones, las conciencias y las razones de quienes se dicen representarnos; y se posibilite crear nuevos caminos e instrumentos de participación popular; llamar a cuenta y enjuiciar a los funcionarios corruptos o incapaces de ejercer su cargo; y a exigir que, por encima de los partidos, los funcionarios, las coyunturas y los intereses, se respeten los derechos humanos de todos y de todas; etc. Sabemos que sólo un país democrático nos permite a todas y a todos ejercer nuestro derecho a la ciudadanía, y que en este momento histórico, podemos determinar si queremos ejercerlo de manera plena y responsable o permitimos que, con nuestra ausencia, hasta eso nos arrebaten.

5. Vale la pena detenernos en uno de los pasajes más luminosos de la vida del profeta Jeremías, quien en el s. VI a.C., fue testigo de la invasión del imperio Neobabilónico a su patria, Judea, y de un largo periodo de sumisión y rebelión de su pueblo, que acabará trágicamente con la caída de Jerusalén y una segunda gran deportación de los judíos a Babilonia. En este contexto, ante un final que se anuncia trágico, el profeta Jeremías nos narra que estando preso, compra un campo en esa tierra que sería devastada (Cf. Jer, cap. 32). Lo sorprendente de esa compraventa es que se realiza en víspera de una catástrofe ya inevitable y nadie de la familia de Jeremías se quedaría con ese campo, y él mismo deberá ir a Egipto para salvar su vida. En estricto sentido, era una compra inútil porque era inevitable perder ese campo. Y sin embargo, lo compra.

6. Jeremías pide que el contrato de compraventa sellado y su copia abierta, se guarden en una jarra de loza –que permitirá su conservación por largo tiempo- como un símbolo del cumplimiento de la promesa de Dios. A pesar de la tragedia que está a punto de suceder, la tierra pertenece a sus antepasados y por tanto, pertenece al pueblo. Con ese contrato de compraventa, Jeremías rescata un trozo de futuro. La compra de ese campo es un símbolo de la esperanza en Dios, que le permite ver más allá de la tragedia inmediata e inevitable. Para Jeremías es fundamental tener posesión sobre la tierra, sobre su tierra, porque sólo así el pueblo podrá reconstruir su nación.

7. Ese pequeño campo de Jeremías es un llamado a la esperanza para nosotros y nosotras. Y con la misma pasión del profeta estamos llamados todos los ciudadanos y todas las ciudadanas a tomar posesión este cinco de julio de este nuestro campo, que llamamos Patria, País y Nación, porque nos pertenece a los y las mexicanas. Como el profeta Jeremías, pongamos nuestra mirada en el amor de Dios y hagamos que esta esperanza apasionada guíe nuestra razón para poder soñar en un nuevo comienzo.

8. El profeta Jeremías sabía que no se podía confiar en el rey y sus consejeros, porque sus componendas estaban llevando al pueblo de Judá y su querida Jerusalén al desastre, como efectivamente sucedió. Sabía también que no era posible una nueva reforma, porque el sistema estaba en decadencia. Igual nos está pasando ahora, en palabras modernas y actuales, diríamos que no podemos poner nuestra esperanza en que viejos funcionarios con barniz de novedad, van a resolver el desastre del que ellos y ellas son responsables y que se candidatean otra vez, sólo para ser relevos de los guardianes de la muralla de la impunidad y del cinismo. Tampoco podemos poner nuestra esperanza en que solamente votando por un partido o anulando nuestro voto se limpiará un sistema democrático que se ha corrompido. Se nos agotó el tiempo, es imposible e irresponsable poner nuestra esperanza en la recomposición de un Estado fallido, con funcionarios fallidos, con candidatos que surgen de su propio sistema.

9. Sin embargo, debemos salir a votar concientes de que es una obligación y un derecho si queremos recuperar a fuerza de pasión y de esperanza nuestro campo. Abstenerse de votar, lo único que trae es mayor parálisis social y mayor vulnerabilidad de otros derechos. Tenemos que salir a las calles a votar, porque podemos hacer que incluso, a pesar de los gobernantes presentes y futuros, a pesar de los partidos políticos, este sea un nuevo comienzo, para lo cual, es fundamental e ineludible poner dos condiciones que nos permitan soñar y alcanzar el México que todas y todos queremos:

· La primera es que se establezca de manera inmediata el derecho al referendum decisorio y vinculante, para que a partir de ahora, los tres niveles de gobierno, Municipal, Estatal y Federal, sean sometidos a consulta ciudadana, para que sólo las y los ciudadanos, decidamos ratificar o revocarles el mandato, y en el caso de corrupción someterlos/as a juicio.

· La segunda, instalar a la brevedad el derecho al plebiscito, para que seamos los y las ciudadanas quienes decidamos si se aceptan o rechazan las propuesta que conciernen a la soberanía de nuestro país.

10. Poner estas condiciones marcará el comienzo de una nueva etapa de nuestra vida política, que nos permitirá tomar en nuestras manos este campo que llamamos Patria, País y Nación. Pongamos nuestra esperanza en Dios, quien nos congrega permanentemente para soñar que podemos “habitar tranquilos y tranquilas… porque nos da un corazón entero y una conducta íntegra y así renovar nuestro compromiso de ser su pueblo” (Jer 32,38-39). Permitamos que sea Dios “quien nos plante de verdad en esta tierra, con todo su corazón y con toda su alma” (Jer 32,41), y nos animemos a convocar una Asamblea Constituyente el próximo 2010, en la que, por vía pacífica, los y las ciudadanas nacidas en México y todas y todos los que han puesto aquí su corazón y su vida, determinemos las condiciones, leyes, normas y reglas para el establecimiento de un Estado en el que todos y todas seamos parte de él, para hacer surgir una Nación que realice en plenitud su vida, dentro de su propia identidad y cultura (Cf. Del Encuentro con Jesucristo a la Solidaridad con todos. Carta Pastoral de los Obispos de México, n. 244).

Saltillo, Coahuila, 26 de junio de 2009

Fr. Raúl Vera López, O.P.

Obispo de Saltillo

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